La lactancia materna como herramienta fisiológica del vínculo afectivo

La lactancia materna como herramienta fisiológica del vínculo afectivo

Por Ibone Olza


Estamos acostumbrados a escuchar la inmensa lista de efectos positivos de la lactancia materna. Sin embargo, tal vez el motivo más importante para recomendarla o apoyarla sea que favorece el vínculo. Es algo tan sencillo como decir que permite que el bebé crezca sintiéndose muy querido y feliz, lo que a la larga hará que sea una criatura con una buena autoestima y confianza en sí misma. Desde luego que esto también se puede conseguir sin lactancia materna, pero lo cierto es que ésta lo facilita muchísimo. ¿por qué?

¿Qué es el vínculo?

El vínculo es la relación de apego entre la madre y el bebé. Es la base, la relación que le da a la criatura la seguridad y confianza que necesita para luego poder explorar el mundo que le rodea. Para tener una afinidad fuerte con la madre, los bebés nacen aprendidos: instintivamente buscan estar pegado a ellas. Como decía Bolwby, el investigador que describió la formación del vínculo en los humanos: “es una suerte, para su supervivencia, que los bebés estén hechos por la naturaleza de tal modo que seducen y esclavizan a sus madres“.

El vínculo entre madre e hija/a en condiciones ideales es una relación amorosa plena. La criatura va aprendiendo a confiar en el mundo y en las demás personas gracias a la seguridad que le produce saber que su madre está ahí, que responde a sus necesidades, que en resumidas cuentas la ama y acepta tal y como es.

El vínculo se va fortaleciendo a lo largo de los primeros meses y años de vida. El bebé despliega todas sus conductas destinadas a tener cerca a su madre: succiona, acaricia el otro pecho, la sigue con la mirada, le sonría, la llama o llora y se desespera si ésta desaparece de su entorno. Todo son conductas de apego, respondidas con la atención materna. Así, la madre y el bebé tienen una relación muy estrecha y cercana, satisfactoria, completa.

No sólo favorece el vínculo: es el vehículo perfecto, el lugar ideal, el espacio de encuentro. Porque dar de mamar es un abrazo madre-bebé casi continuo. Los bebés amamantados permanecen mucho tiempo en brazos de sus madres, pegados a su pecho, oyendo su corazón, escuchando su voz, sintiendo su olor continuamente … El bebé se siente amado, sabe que su madre está ahí cerquita, y que responde a sus necesidades. Así se construye la seguridad en uno mismo, sintiendo ese amor de los demás, y la autoestima, porque a través del cariño que la madre muestra por el cuerpo de su bebé (mediante caricias, abrazos, incluso cantos), éste también aprende a amar su propio cuerpo. La lactancia facilita la conexión madre-hijo/a: pasarse horas mirándose y acariciandose, quedarse medio dormidos en un sofá o dormidas del todo en una cama …

La lactancia materna es, además, gratuita, preciosa, ecológica y portátil. Las madres pueden amamantar en cualquier lugar y a cualquier hora: el alimento siempre está en su punto, da igual que la madre acabe de bañarse en el mar o esté viajando en un avión. Cada vez que se ofrece el pecho a un bebé se le está dando mucho más que leche, se le da un abrazo, un consuelo, una caricia. La lactancia es cosa de dos, y las madres que amamantan pueden explicar todo lo que reciben a cambio: los bebés también las acarician, les sonríen, miran, escuchan, dan las gracias de mil maneras…

Conforme van creciendo, la relación va adquiriendo nuevas y sorprendentes formas: los niños de dos años que siguen tomando el pecho juegan con él, acercan los juguetes al pecho, hablan con cariño de “las tetis” de su madre… Y a veces también lo piden cuando notan que es su madre la que necesita parar un rato y recibir un abrazo. La lactancia es una relación amorosa muy intensa y deliciosa, pero muchas veces se malogra de manera temprana a pesar de los deseos de madre e hijo/a.

Fuente: www.saludmentalperinatal.es

Paternidad consciente: Criar desde el hombre que eres

Paternidad consciente: Criar desde el hombre que eres

Hablamos sobre maternidad entre amigas, hablamos en nuestros círculos de mujeres. Hablamos de maternidad con los profesionales que nos apoyan en nuestro parto y embarazo, hablamos sobre maternidad con el pediatra. Leemos y escribimos mucho sobre maternidad. Pero sobre paternidad ¿cuándo hablamos? Sobre paternidad hablamos bastante poco.

Quizá sea porque al menos, quien escribe y gran parte de las que leen son madres y no padres. Pero también creo yo que se debe a que en nuestra cultura, la crianza es una tarea asignada a las madres. Los padres apoyan, ayudan, proveen. A pesar de las revoluciones feministas y de que todo apunta a promover el fin de los roles de género, los doctores, las publicidades, nuestras páginas informativas y reflexivas, le siguen hablando a las madres.

Hablemos hoy de los padres. Hoy se habla mucho de “coparentalidad”, o como padres y madres compartimos roles y tareas en la crianza de nuestros hijos. También se habla de la “paternidad activa”, como una forma de contraponerse a un rol pasivo en la crianza. Sin embargo a mi me acomoda mas, así como cuando hablamos de maternidad, hablar de PATERNIDAD CONSCIENTE. Porque tanto a un hombre como a una mujer no podemos pedirle que sea alguien que no es, la paternidad tiene que ser desde la conciencia de si mismo que tenga cada persona.

Si hablamos de “Paternidad activa”, podemos reducir el rol de padre en la crianza a realizar ciertas actividades. Un papá que haga comida y que de comida. Un papá que bañe y cambie pañales. Un papá que se despierte por las noches. Un papá que juegue y portee. Pero ¿es eso lo que los papás y los niños necesitan? ¿No será mejor que un papá “hacedor”, tener y ser un papá consciente?

Quizá la diferencia sea sutil, pero para mi representa un mundo. Un papá consciente es un papá que quiere hacer la comida porque le importa la calidad de los alimentos que sus hijos consumen y se siente responsable de su alimentación. Un papá consciente busca vincularse con sus bebés desde su propia historia, desde quien él es, no lo que hace. Un papá consciente no se preocupa de ser un papá presente, es un papá presente porque su paternidad, al igual que nuestra maternidad, lo cambió como persona. Un papá consciente ya no es el mismo que era antes, se revisa y reflexiona sobre quien es y como eso decanta en la relación con sus hijos/as. Un papá consciente repasa su historia y los mandatos que trae desde su familia de origen, desde la sociedad que habita y trabaja en liberar a sus hijos de los mismos. Un papá consciente se hace cargo de sus heridas y sus sombras, las mira de frente y crece. Un papá consciente busca ayuda cuando siente que no puede solo.

Un papá consciente nunca será un papá pasivo. Porque la consciencia de uno mismo implica ser agente de cambio, ser activo protagonista de mi vida, de mi parentalidad como parte de mi vida.

No se trata de que los roles en la crianza sean iguales para los padres que para las madres. Se trata de que dos personas conscientes de si mismas puedan encontrar el equilibrio distribuyendo tareas de manera en que cada uno sienta que es el mismo en esto también. Porque nadie puede ser mejor persona, nadie puede ser mejor padre o madre si eso es impuesto desde afuera. Es una cambio personal, un proceso único que pertenece a quien lo vive y a nadie mas.

Creo que por eso suele ser tan difícil que nos pongamos de acuerdo en la crianza. Somos ambos seres separados y diferentes, con diferentes historias, que crecimos en contextos diferentes, tratando de ser nosotros mismos en la relación con nuestros hijos, en el seno de nuestra propia familia.

¿Cómo derribar mitos respecto de los roles de género en la parentalidad? Trabajando en nosotros mismos para no reproducir mandatos respecto de la parentalidad, para liberarnos de culpas y criar en libertad. Y lo que siento es mas importante aún, criando a nuestros hijos alejados de los estereotipos. Criarlos libres de sentir y de expresar todas las emociones. Criandolos responsables y conscientes de la importancia que tienen como agentes de cambio en el mundo que ellos, así como nosotros, crean día a día.

Autora: Agustina Bosio
Fuente: Mamadre.cl

El amor protege la salud mental de los bebés

El amor protege la salud mental de los bebés

Por Dra. Ibone Olza


Nacemos para amar. Y para ser amados. El amor no es un capricho ni un lujo. Por el contrario es algo central para la supervivencia de nuestra especie. La naturaleza ha previsto que las madres se enamoren de sus bebés desde el nacimiento y que sea este amor el que modele el crecimiento de la criatura. En base a esta primera relación amorosa se irá desarrollando el cerebro y con él la personalidad del recién nacido. Lo que la naturaleza ha diseñado para la supervivencia de nuestras criaturas es una maravillosa y fascinante sincronía de madres y bebés.

Cuando el ambiente es respetuoso con las necesidades de ambos la crianza se convierte en una experiencia del más profundo y verdadero amor. Ahora sabemos que es la química de ese amor la que permite a los bebés crecer confiando en la vida y disfrutando al máximo. Esa química amorosa que se traduce en salud y placer.

Sin amor no crecemos. O crecemos maltrechos. Es la otra cara de la misma moneda. Cuando el vínculo falla, cuando por diversas razones los bebés no consiguen apegarse a sus madres y padres todo resulta mucho más difícil. Cuando se obstaculiza la química y no se permite la construcción natural de los cimientos del apego el resultado es dolor, dificultad, sufrimiento, desconfianza y en el peor de los casos desapego. Desapego que también se traduce en alteraciones cerebrales, crecimiento patológico, problemas de salud e incluso patologías mentales.

Nacemos para amar y sin amor no crecemos. Pero esto no se suele enseñar en las facultades de medicina. A los médicos no nos inculcan la importancia del amor, ni como afecta a la salud. Es más, raramente se menciona el efecto del amor en los cuidados o en la relación con los pacientes. Dedicamos años al estudio de la química de la vida y del funcionamiento del cuerpo humano pero apenas aprendemos nada sobre la necesidad de amor para el crecimiento y la salud.

A mí no me explicaron la teoría del vínculo en la facultad de Medicina. Tampoco me contaron nada sobre las necesidades amorosas de los bebés. Durante mi especialización como psiquiatra no oí hablar de lo importantes que son las caricias, el placer o la alegría para la salud mental. Aunque me formé como psiquiatra infantil poco o nada me explicaron durante la residencia sobre la lactancia materna o las consecuencias de cómo se desarrolla el nacimiento.

Pero resulta que además de médico soy madre. Creo que esa es la razón por la que escribo que necesitamos nacer (y morir) rodeados de amor. Lo siento, lo pienso, lo escribo convencida y busco en la ciencia la confirmación de lo que para mi –y para tantos- resulta evidente. Sin embargo al recurrir a la ciencia para encontrar la prueba que sostenga mi intuición los resultados son dispares. Por un lado me siento fascinada por los innumerables hallazgos que avalan la hipótesis. Por otro aumenta mi desconcierto: cuanto más leo menos entiendo como es posible que ese sólido conocimiento científico no se haya traducido en un mayor respeto a la fisiología y a la vida.

La teoría del vínculo, que el psiquiatra infantil John Bowlby formuló con brillantez entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado ha generado un amplio número de estudios e investigaciones científicas. En resumidas cuentas Bowlby afirmó que la relación que establece el recién nacido con sus padres es algo central para la supervivencia humana y añadió que dicha relación cálida, íntima y continuada tiene que estar caracterizada por la satisfacción y el goce mutuo. Desde entonces infinidad de profesionales de la psicología, medicina, etología y neurobiología entre otras ciencias han estudiado en las últimas la naturaleza esta relación. Los hallazgos coinciden en esta conclusión: nada más nacer todos los bebés esperan ser queridos. En las primeras horas y semanas de vida se producen acontecimientos extraordinarios desde el punto de vista de la química cerebral que nunca más se repetirán. El amor en los primeros momentos de la vida no se parece a una película romántica sino más bien a una droga dura. Es tal la intensidad que a veces asusta. Las sensaciones de placer, unión, entrega y transcendencia se mezclan entre los efectos que llevan a la construcción del apego. La neurobiología del apego ha demostrado como en condiciones idóneas las hormonas del amor (como la oxitocina) invaden el cerebro de la madre y de su bebé y dirigen la orquesta durante los primeros años de la vida. A más hormonas de amor, más receptores en el cerebro del bebé, más conexiones neuronales, más crecimiento en las áreas de la empatía y la sociabilidad, más inteligencia y también mayor tendencia a la bondad.

Lo que la ciencia del apego nos enseña es fácil de resumir: hay que cuidar a las madres para que puedan vincularse eficazmente con sus bebés. Cuidar a las madres significa respetarlas, escucharlas, sostenerlas. Pero ese respeto a las madres que debería ser el punto de partida todavía brilla por su ausencia en muchas facetas de nuestra sociedad, incluida la ciencia. A lo largo de décadas las madres y sus experiencias han sido desautorizadas, ninguneadas o incluso culpabilizadas desde la psiquiatría, la psicología, el psicoanálisis o la medicina. En vez de ser tomadas en cuenta como verdaderas expertas y conocedoras de sus hijos han sido excluidas, privadas en ocasiones incluso del contacto con sus hijos o bebés, tachadas de inmaduras o inconscientes e incluso maltratadas.

Desde que inicié mi formación profesional como psiquiatra infantil me resultó chocante esa actitud despectiva hacia las madres en el entorno médico y psiquiátrico. “Esa madre es una histérica” era una sentencia habitual. A lo largo de la historia de la psiquiatría a las madres tristemente se les culpó de enfermedades tan graves como el autismo, la esquizofrenia o la anorexia nerviosa. Esta actitud persiste en muchos ámbitos y a veces reaparece disfrazada. No es de extrañar que el sentimiento de culpa sea tan frecuente entre muchas madres occidentales.

Fuente: www.saludmentalperinatal.es

Publicado en: “Maternidad, ciudadanía y cuidadanía”. Prensa Universitaria de Zaragoza

Texto completo:
http://www.iboneolza.com/articulos/LA%20CIENCIA%20DE%20LAS%20MADRES2010.pdf

Lo que ocurre en el cerebro de los niños cuando juegan

Lo que ocurre en el cerebro de los niños cuando juegan

Cómo beneficia el juego a los niños y qué sustancias segrega el cerebro


Jugar es un placer. Es diversión, entretenimiento. Es un aprendizaje. ¿Algo más? Sí. El juego aporta una infinidad de beneficios a los niños, a todos los niveles (físicos, mentales, sociales…). Pero además, activa el cerebro. Lo mantiene en forma. ¿Quieres saber cómo? Descubre qué ocurre en el cerebro de los niños cuando juegan.

Lo que pasa en el cerebro de tu hijo cuando juega

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Si pudiéramos mirar a través de la pequeña cabecita de nuestro hijo, veríamos la cantidad de actividad que se genera en su cerebro cada vez que juegan. El culpable de esto, o más bien la culpable, es la química. El juego genera una serie de hormonas que trabajan en el cerebro de los niños. Cada vez que tu hijo juega, estas sos las sustancias que se activan en el cerebro:

La Serotonina: Gracias a ella se reduce el estrés. También es la encargada de equilibrar y regular el estado de ánimo.

La Acetilcolina: Es la sustancia que favorece la concentración, la memoria y por supuesto, el aprendizaje.

Las Endorfinas y Encefalinas: Encargadas de reducir la tensión neuronal. Es decir, la que transmite al niño calma y felicidad. Es el mejor momento de creatividad del niño.

La Dopamina: Motiva la actividad física, la que consigue que los músculos reaccionen ante el juego. También participa en la estimulación de la imaginación, la creación de imágenes y seres fantásticos.

Por qué es importante dejar que los niños jueguen

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El juego abre las puertas de la imaginación y la creatividad de los niños, les mantiene en forma, les ayuda a generar estrategias y a resolver conflictos y les enseña a crear normas y respetarlas. Es juego es la mejor asignatura para los niños, la más completa. Estas son sus grandísimas ventajas:

– Es desestresante. El juego libera de la presión de los estudios o los deberes.

– Es el mejor vehículo de aprendizaje para los niños.

– Ayuda a establecer lazos sociales.

– Potencia y desarrolla el universo interno del niño.

Jugar, sin más. Jugar al escondite, a los bolos, al cucu-tras. Jugar con los muñecos, con la pelota, o simplemente con la imaginación. Deja que tu hijo sueñe, imagine, juegue con otros niños. Estará aprendiendo, y mucho, de la mejor forma posible: divirtiéndose.

Fuente: www.guiainfantil.com

Cómo los clichés sobre las mujeres limitan sus expectativas desde la infancia

Cómo los clichés sobre las mujeres limitan sus expectativas desde la infancia

Las niñas se creen menos brillantes que los niños desde los seis años.

A una edad tan temprana como los seis años, las niñas se vuelven menos propensas a asociar la brillantez intelectual con su propio sexo y tienden a rehuir las actividades que se cree son para niños ‘muy inteligentes’, indica un estudio de tres universidades estadounidenses.

Los investigadores advierten que se trata de una tendencia preocupante, ya que las aspiraciones profesionales de las mujeres se ven moldeadas por los estereotipos sociales de género.

Las ideas preconcebidas que asocian una mayor brillantez intelectual al género masculino empiezan a afectar a las niñas a una edad tan tierna como los seis años, según indica un estudio de las universidades de Nueva York, Illinois y Princeton, cuyos resultados se publican esta semana en la revista Science.

Según explica a Sinc Lin Bian, investigadora de Psicología de la Universidad de Illinois y una de las líderes del trabajo, “los estereotipos que otorgan una mayor habilidad intelectual a los niños que a las niñas emergen muy pronto y tienen un impacto sobre las aspiraciones profesionales de las mujeres”.

¿Muy inteligente o muy trabajadora?

Para probar a qué edad empiezan a gestarse estas ideas, los investigadores llevaron a cabo varios experimentos con niños y niñas de entre 5 y 7 años. En uno de ellos, se les hizo escuchar una historia sobre una persona que era ‘muy inteligente’ y luego se les pidió que adivinaran cuál de cuatro adultos desconocidos (dos hombres y dos mujeres) era el protagonista. También se les dijo que eligieran qué adulto en una serie de pares de diferentes géneros era ‘muy, muy inteligente’.

Si bien los resultados mostraron que tanto los niños como las niñas de 5 años veían a su género de manera positiva, las niñas de 6 y 7 años eran mucho menos propensas a asociar la brillantez con su propio género. Estas diferencias de edad fueron muy similares entre participantes de contextos socioeconómicos y étnicos diversos.

En una prueba posterior, a un grupo diferente de niños y niñas de 6 y 7 años se le invitó a participar en dos juegos, uno para niños ‘realmente inteligentes’ y el otro para los que ‘trabajan muy duro’.

Las niñas estuvieron mucho menos interesadas que los niños en el juego para inteligentes. Sin embargo, no hubo diferencia entre unos y otras en la elección del juego para los trabajadores.

Estereotipos que marcan para toda la vida

Un experimento final comparó el interés de los niños y niñas de 5 y 6 años por los juegos para niños inteligentes. Los resultados no mostraron diferencias significativas en los niños y niñas de 5 años; sin embargo, la inclinación de las niñas de 6 años por esta actividad fue, de nuevo, inferior a la que mostraron los niños.

Sara-Jane Leslie, investigadora de Filosofía de la Universidad de Princeton y otra de las autoras, recuerda las conclusiones de un trabajo anterior, en el que analizaron cómo el estereotipo del genio limita las carreras de las científicas.

“Las mujeres son menos propensas a cursar títulos superiores en campos que, según la creencia establecida, requieren brillantez intelectual. Estos nuevos hallazgos muestran que estos estereotipos empiezan a afectar las decisiones de las niñas en una edad increíblemente temprana”, destaca.

En opinión de Lin Bian, “si queremos cambiar las mentes de los jóvenes y hacer que el mundo sea más equitativo, necesitamos saber cuándo comienzan a surgir estos estereotipos para poder intervenir y evitar estas consecuencias negativas sobre las decisiones educativas de las niñas y sus futuras opciones de carrera”.

Fuente: www.psicopedia.net


Referencia bibliográfica:

Lin Bian, Sarah-Jane Leslie, Andrei Cimpian “Gender stereotypes about intellectual ability emerge early and influence children’s interests” Science (26 enero, 2017).

Fuente con Licencia CC3.0: Agencia SINC – Las niñas se creen menos brillantes que los niños desde los seis años por Ana Hernando.

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