Meditación y Autocuidado: ¿cómo ayudar al sanador herido?

Meditación y Autocuidado: ¿cómo ayudar al sanador herido?

Por Francesca Nilo


Introducción

En este artículo abordaremos, desde mi experiencia personal, las relaciones que he observado entre autocuidado, relación terapéutica y práctica de meditación. Los terapeutas y las personas que trabajan con el sufrimiento ajeno pueden, desde una disciplina simple y profunda, cuidarse a sí mismos en su relación con el trabajo clínico. Dentro de este artículo utilizaré como metáfora el mito de Quirón, el sanador herido, y lo que esto implica en términos de lidiar con el sufrimiento humano propio y ajeno de manera cotidiana.

Inicié mi trabajo como psicóloga clínica hace 26 años y, en los últimos 15, mi práctica profesional se vio favorablemente afectada debido a que comencé a practicar la Meditación Shamatha-Viphashana, también conocida como práctica de mindfulness (atención plena).

Por años, antes de atender a mis pacientes meditaba por aproximadamente una hora en el Centro de Meditación Shambhala Chile (fundado 30 años atrás por Francisco Varela y Leonor Palma) y después, partía a mi consulta con una “mente meditada”. En este Centro tomaba cursos y además tenía acceso a un instructor de meditación (IM). Recuerdo que en una entrevista con mi instructor Acharya Simón Luna, un enorme norteamericano avecindado en Chile con la misión de compartir el Dharma, me dijo: “es muy importante que sepas cada día como está el cielo de tu mente y, de acuerdo a eso, veas qué vas hacer con ese día”

Estas palabras han calado hondo en mí y me han permitido trabajar con mi mente, ha tenido un impacto en mi forma de trabajar con mis pacientes, me ha permitido ayudar a otros terapeutas y a otros profesionales que trabajan con el sufrimiento humano en su autocuidado.

El Cielo de Nuestra Mente

Cuando se entrega la Primera Instrucción de Meditación Shamatha se utilizan varias imágenes, siendo una de ellas que “la mente humana es tan vasta como el cielo, como un cielo azul despejado y los pensamientos son como nubes que se mueven según el viento las sople.”

Ahora bien, cada mañana el cielo de nuestro planeta amanece distinto, puede ser que esté lleno de nubes blancas enormes o con pequeñas nubes aisladas, a veces podrá estar completamente nublado o lloviendo con rayos y truenos.

Resulta muy importante conocer el estado del cielo –lo que conocemos como “el tiempo”– para saber si uno necesita usar una camisa, paraguas o un abrigo más grueso, y esto lo sabemos hacer, de hecho tendemos a escuchar todos los días a los meteorólogos, esos profesionales que son parte formal de las noticias en todos los países. Ahora me resulta extraño pensar en cómo podemos estar acostumbrados a estar pendientes del clima, de cómo va estar el cielo sobre nuestras cabezas y, sin embargo, olvidarnos de prestar atención a cómo amanece cada uno de nosotros en el cielo de nuestra mente.

Este cielo se refiere a cómo estamos anímicamente, cómo sentimos nuestro cuerpo, cuáles son las emociones que estamos sintiendo, cuáles son los pensamientos que estamos pensando y si estamos abiertos o no al ambiente y a los otros. Si bien el saber cómo está el cielo de la mente podría ser algo importante para todos, resulta ser algo necesario y primordial especialmente para las personas que trabajamos con el sufrimiento ajeno.

Otro aspecto que cambió mi forma de estar con los pacientes, fue otro comentario de Simón Luna: “el lugar de la mente es aquí, (señaló su corazón) y en occidente pensamos que es aquí (señaló su cabeza); con la meditación se une lo que sea que está en la cabeza con lo que sea que está en el corazón”. Entonces, una mente meditada es una mente que sincroniza adentro y afuera, mente y cuerpo, corazón y cabeza, pensar y sentir.

Sakyong Mipham Rinpoche profundiza más en esto y dice: “Así como el viento sopla, así como el río fluye los seres humanos sentimos y esto es lo que nos convierte en seres humanos, nuestra capacidad de sentir”. De esta manera, por un lado la meditación nos permite estabilizar la mente, permanecer en el momento presente y, por otro, redescubrir lo que estamos sintiendo y pensando momento a momento, lo que resulta tremendamente importante para nuestra labor clínica al estar con otro.

El cielo de la mente sería, entonces, un lugar enorme y espacioso que a veces recibe dolor, duda, confusión y eventos traumáticos que son acogidos por el terapeuta en su mente corazón.

Si sabemos lo que estamos sintiendo con un paciente y si estamos entrenados en meditación, entonces podemos esperar a que nuestros pensamientos sean coherentes con nuestro sentir y que por eso las palabras dichas a los pacientes provengan de un estado genuino del ser.

El estado genuino del ser, se refiere a algo simple y profundo a la vez, que es la posibilidad de sostener la propia experiencia tal cual esta siendo en el momento presente sin pretender corregirla o cambiarla de ninguna forma. Es poder habitar el momento presente con todo lo que esto implica.

Lo anterior resulta muy importante en la sesión para la relación terapéutica en cuanto a que decirle a un paciente y muy importante post sesión para la relación con uno mismo en cuanto a ejercer autocuidado. El ritmo más lento que se empieza a instalar en una mente meditada permite que surjan preguntas post sesión:

  • ¿Quedé cansada?
  • ¿Quedé con energía
  • ¿Quedé triste?
  • ¿Quedé alegre?
  • ¿Quedé enojada?
  • ¿Quedé indiferente?

Si puedo saber esto de mi misma podré hacerme cargo de mi propio estado anímico.

Quirón, el sanador herido

Relacionado con lo anterior y después de años de experiencia clínica, me parece que indudablemente las personas que trabajamos con el sufrimiento ajeno hemos tenido experiencias de sufrimiento que nos han sensibilizado al tema. Esto me ha llevado a pensar en el mito de Quirón.

Desde la intensidad dramática de la mitología griega recibimos este relato de un ser, mitad hombre mitad caballo, que fue concebido en la pasión de una persecución injusta, en un contexto de engaño y posterior abandono. Todo lo anterior lleva al ser mitológico a buscar conocimiento y sabiduría a modo de compensación de sus “defectos”.Quiron resulta ser brillante en su saber y muchos estudiantes, héroes, quieren aprender con él, lamentablemente resulta herido por uno de ellos. Esta herida es algo que no puede sanar y que lo lleva nuevamente a buscar diversas formas de conocimiento transformándose en un erudito y sanador brillante que sin embargo no puede curarse a si mismo.

Por esto se reconoce a Quirón como el sanador herido, pues representa las cosas que podemos hacer muy bien por los demás, pero que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. Podríamos pensar que solo un sanador herido puede abrirse al espacio de cuidar a otros que sufren, ya que el cuidador o la cuidadora sabe de sufrimiento.en su propia vida lo ha experimentado, a veces lo ha olvidado y reprimido y otras, elaborado en trabajos terapéutico personales.

Con lo anterior quiero señalar basicamente que es muy dificil sostener el autocuidado para alguien que trabaja con el tema de cuidar a los demás y por otro lado se hace tan necesario reconocer con humildad y paciencia que uno también necesita ayuda y que es muy importante realizar las acciones necesarias para recibirla.

Autocuidado

¿Qué significa saber cuidarse a uno mismo? Entenderemos autocuidado desde esta perspectiva: la capacidad de poner atención y darse cuenta de uno mismo, para acoger lo que surge momento a momento en el presente, de modo que uno pueda responsabilizarse de sí mismo en cuerpo, mente y espíritu, y actuar de acuerdo a lo que necesite para poder ejercer la acción del cuidado personal.

Cada terapeuta, siguiendo con los mitos, debería conocer su talón de Aquiles, saber dónde está su herida, si está en un dolor físico (un órgano concreto, jaquecas, colon irritable, lumbago, hipertensión), en un dolor emocional (depresión, duelos, etc.) y/o a nivel del pensamiento (representado en conflictos actuales, pasados o futuros que pueden ocupar su mente, etc).
La meditación permite entonces, ejercer una función de autocontención, de toma de conciencia al posibilitar el darse cuenta del estado actual del sí mismo. Uno puede darse cuenta si uno está cansado, triste, alegre, si uno está con pensamientos recurrentes, si necesita tiempo, espacio, alimento, salir, quedarse etc. Aparecen, y uno es capaz de darse cuenta, todas aquellas informaciones propioceptivas que el cuerpo y la mente sincronizados pueden entregar en el ámbito del cuerpo, de los pensamientos y las emociones. A partir de esta información, el terapeuta puede tomar desiciones, redistribuir su tiempo, y realizar acciones coherentes con lo que descubra .

De esta forma, los terapeutas pueden ir reconociendo sus patrones habituales tanto mentales como corporales y emocionales, ya que la meditación, en su aspecto técnico, va produciendo una toma de contacto directo y profundo con el despliegue de la propia mente. Al estar practicando con gentileza, al poner atención en sentir la respiración y al tocar y soltar los pensamientos, es posible ver cómo se arman y se desarman pensamientos, sensaciones, emociones, y cómo algo que parecía tan difícil, era solo algo pensado, pero no vivido. Se puede producir un alivio, un descanso de la mente y también, se pueden generar darse cuentas o insights que a su vez permiten tomar las decisiones que finalmente facilitan una relación de cuidado responsable con uno mismo, para un bienestar personal que sin duda favorecerá un bienestar colectivo.

Mente Meditada

Cuando uno puede darse cuenta de cómo está el cielo de la propia mente, puede crear una alianza consciente con uno mismo y puede tomar responsabilidad por su propia herida. Llama la atención que en las carreras relacionadas con la salud como medicina, enfermería, psicología, terapia ocupacional, educación diferencial y otras, no exista un ramo de autocuidado dentro de la malla curricular. Nuestra cultura nos sigue llevando hacia el polo de la urgencia más que al de la prevención de los daños que, obviamente, pueden ocurrir al atreverse a trabajar con el dolor de los otros.

A continuación, veremos una síntesis de lo que llamo Patrones Habituales del Descuido. Estos pueden ser categorizados en tres áreas: del cuerpo, de las emociones y de los pensamientos. Algunos de ellos pueden ser pensados en continuos donde, en los polos, se encuentra el descuido:

Del cuerpo

  • Comer poco y mal / comer demasiado.
  • Dormir poco / dormir demasiado.
  • Desconexión corporal / obsesión con el cuerpo.
  • No respetar ritmos de evacuación corporal.

De las emociones

  • Registro emocional escaso / hipersensibilidad emocional.
  • Quedarse estancado en una emoción / buscar incesantemente sentir diversas emociones.
  • No poder llorar / solo poder llorar.
  • No poder enojarse / estar enojado todo el tiempo.
  • Evitar la angustia / estar angustiado constantemente.
  • Evitar el miedo / estar temeroso constantemente.

De los pensamientos

  • Ideas de culpa, vergüenza y agresión que se repiten que pueden provocar gran cansancio afectando el estado animico.
  • No permitirse decir NO.
  • No permitirse el descanso.

Desde mi punto de vista, estos patrones del descuido producen un círculo vicioso que puede llevar hacia la enfermedad. Por otro lado, con la práctica de meditación se puede interrumpir este el ciclo del descuido. La atención plena Shamatha, permite la consciencia plena Vipashana, que nos puede entregar información para llegar a saber cómo nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones descansan, entendiendo que no existe una receta replicable y que cada cuidador, si está conectado consigo mismo, sabrá que necesita y podrá tomar acciones preventivas más que de urgencia.

La práctica de meditación facilita una conexión que ya está dada. Como dice Trungpa Rimpoche: uno no enseña a meditar, solo ayuda a que los otros recuerden cómo poner atención y darse cuenta que es algo que ya saben hacer.

Finalmente, solo me queda recordarles la pregunta: ¿Cómo está el cielo de tu mente?

Referencias

ChogyamTrungpa (2005). Nuestra Salud Innata, Un Enfoque Budista de la Psicología. Barcelona: Kairòs.
March, J. (2008). Diccionario de mitología clásica. España: Crítica.
Miller, A. (1998). El drama del niño dotado. España, Tusquets Editores.
Nilo, F. (2011a). Documento de Trabajo para Auto Cuidado de Equipo FAE del Hogar de Cristo. Archivo personal.
Nilo, F. (2011b). Espiritualidad y Psicología: La Persona del Terapeuta, Meditación y Auto cuidado, Santiago: Ediciones UDD.
SakyongMiphan (2003). Convertir la mente en nuestra aliada. Bilbao: Desclee de Brouwer.

Las madres estamos solas

Las madres estamos solas

Por Catalina Infante/Ilustración Sofía Valenzuela


Antes de convertirme en madre, varias mujeres, incluyendo mi psicóloga, intentaron advertirme de lo difícil que sería. En específico recuerdo una que, en una fiesta, al verme embarazada se acercó a saludarme. Era una antigua conocida de la época universitaria, entonces una alocada cantante de cumbia a quien yo admiraba. Por las redes sabía que había sido mamá de mellizos, así que intuí querría felicitarme y darme algunos consejos. Sin embargo, solo me dijo con un gesto serio: “Estamos solas. Nadie va a ayudarte”. Atribuí el dramatismo a su contexto personal, pero ahora me doy cuenta de que esa mujer solo intentaba advertirme de una verdad brutal, y de paso me regaló una frase que iría apareciendo una y otra vez durante mi puerperio; las madres estamos súper solas.

La página del Minsal define al puerperio como el período que se inicia con el nacimiento de la guagua y se prolonga durante seis semanas, cuando el organismo vuelve a su estado normal. Esta definición es la aceptada por los profesionales de la salud; sin embargo, si consideramos los aspectos psicológicos, emocionales y propios del sistema nervioso, otros especialistas (y las madres mismas) aseguran que dura hasta los dos años de vida, cuando la guagua alcanza una relativa independencia emocional de la madre. El mismo Minsal, en un instructivo dirigido a la familia y el entorno cercano de la madre, advierte sobre este delicado período. Dice, de manera literal, que estar en puerperio es como volverse loca. Sobre todo los primeros meses, cuando se asienta la lactancia y no existen los horarios de sueño. Las mujeres pasamos de tener el control de nuestras vidas a la pérdida absoluta de esta; sin horarios y ciento por ciento disponibles a las necesidades urgentes y vitales de un otro. Si no estamos preparadas y no tenemos apoyo del entorno familiar, vivimos este tiempo con mucha angustia y soledad, incluso con riesgo para nuestra psiquis. Al leer esto pienso qué alivio que exista conciencia de parte del Ministerio sobre la importancia de acompañar a las madres. Lástima que eso no se traduzca en un apoyo real y concreto, sino que se deje a la suerte de cada mujer procurar esa contención vital.

Resulta paradójico; desde que tengo uso de razón que la maternidad es un incentivo constante en el discurso público. A medida que las mujeres crecemos y envejecemos, la consigna del “tengan hijos” se alza, y aparece en la televisión cuando la prendemos, en los carteles publicitarios cuando caminamos por la calle, en las reuniones familiares cuando nos interrogan, en las conversaciones con las amigas, incluso en los discursos presidenciales. Hasta que llega el día en que eres madre y todos desaparecen. Desapareces de la televisión, porque nadie muestra a una madre real en posparto. Desaparecen los amigos que prometieron ayudarte, porque nadie coincide con tus horarios. El padre también desaparece, porque a los tres días está obligado a volver a trabajar. Las pocas personas que quedan, por ignorancia de las necesidades de una madre, te estresan tanto que no los quieres cerca. Y en esa realidad silenciada está la resignación de que la maternidad es responsabilidad de las madres y que solas debemos resistirla. Ya lo planteó hace unos años la filósofa Carolina del Olmo en el libro Dónde está mi tribu, una especie de biblia para la madre posmoderna. El ensayo, basado en la experiencia de la autora, interpela el famoso dicho “para educar a un niño hace falta una tribu entera” y expone la soledad que viven las madres en las grandes ciudades, desprovistas de cualquier red de apoyo. El sistema actual, dice, ha puesto en peligro los lazos sociales en los cuales se fundan los cuidados y nos ha dado la espalda a las mujeres, quienes hemos asumido solas este rol a lo largo de la historia. “El mundo occidental se ha quedado sin tribu”, dice. Porque ha desaparecido el clan que antes apoyaba a las madres: padres, abuelos, hermanos, vecinos. Las mujeres se han visto en la necesidad de incurrir en creativas formas de solventar esta carencia, aunque casi todas recaen en la única opción que ofrece el sistema: la ayuda pagada.

Las mujeres en puerperio tomamos esta carga como propia. Pensamos que es una prueba que tenemos que pasar y normalizamos en esos primeros meses no comer, no dormir, no ducharnos, pasar el día solas e incluso deprimirnos. Bajamos el moño ante esta realidad porque no tenemos energía ni tiempo para volver esta causa algo político. Vamos a doctores en busca de ayuda, quienes asocian nuestro estado a las hormonas o a la depresión posparto. Muchas terminan así, deprimidas. En Chile más del 40% de las madres presenta síntomas de ansiedad y depresión durante este período, donde el mayor número de casos se registra en los sectores socioeconómicos bajos, y asumimos que es porque son las que tienen menos posibilidad de ayuda.

Me atrevo a decir que la mayoría de esos casos podrían prevenirse con un simple cambio: que las madres no estén solas. La psicóloga Pamela Labatut, que cuenta con más de 24 mil madres que la siguen en Instagram buscando de forma virtual esa ‘tribu’ perdida, afirma que actualmente se aprecia en la mujer un aumento dramático en el deterioro de la salud mental; poco autocuidado y mucha sobrecarga mental. “No se ha educado socialmente que las madres necesitamos que nos cuiden. Además, todos los días necesitamos tiempo de autocuidado para sentirnos en mayor equilibrio, conectar y validar nuestras emociones, tener espacios de escucha y momentos de calma para proteger nuestra salud mental y la de nuestros hijos”, dice Jenny Bruna, fundadora de la web mamadre.cl -un blog que creó a partir de su propia experiencia de soledad y que se convirtió en un referente hace unos años cuando nadie hablaba de este tema-, comparte la idea de que las madres nunca hemos estado tan solas como lo estamos actualmente. “Aún se cree que criar es cosa de mujeres, y en ese camino corremos riesgo de padecer algún problema de salud mental, que finalmente también rebota en el niño o niña”. A esto Pamela Labatut agrega: “Un niño que crece con la madre mentalmente sana tiene menos posibilidades de padecer un trastorno psicológico en su adultez, eso está demostrado”. Considerando que Chile es el país que tiene la peor salud mental en niños, creo que aprender a cuidarnos es urgente.

Las puérperas sobrevivimos; el tiempo pasa, los hijos crecen, encontramos finalmente el equilibrio y el disfrute. Muchas lo resuelven con antidepresivos, porque aman a sus hijos y no quieren que carguen con una madre estresada. Y esto no es la realidad de unas pocas, en mayor o menor medida es transversal a las mujeres. Las más privilegiadas tienen ayuda de sus madres o suegras, o bien pagan por ella. Pero creo que eso solo habla de un círculo que no se rompe; esa ayuda la brindan otras mujeres. Por donde se mire, el cuidado de los hijos es para la cultura tarea nuestra, y mientras nosotras vivimos al filo del colapso, allá afuera el mundo se llena la boca con el discurso de la maternidad.

¿Por qué la soledad de una madre debe ser una causa política? Porque dejar a una mujer sola en su puerperio es un acto de violencia, que atenta contra la mujer y la vulnera. Porque la crianza de los hijos no es una responsabilidad exclusiva de nosotras, es una labor de la sociedad completa. Existen muchas formas de evitar esa soledad; un posnatal para los padres (no opcional a la madre, sino el suyo propio); ayuda psicológica gratuita para todas las mujeres en puerperio; subsidio para ayuda en los primeros meses en caso de no contar con el padre; redes de apoyo gratuitas con profesionales a disposición de la familia (asesoras de lactancia, por ejemplo) son solo algunas ideas, pero ninguna es hoy una lucha política real. Procurar el cuidado y el descanso de la mujer en puerperio es una labor y una responsabilidad social. Ser madre siempre será difícil, pero en soledad se vuelve imposible. Para vivir la experiencia materna de una forma saludable y que los niños lleguen a este mundo en un ambiente más sano y amable necesitamos con urgencia más apoyo. Las madres no debemos nunca estar solas.

Fuente: www.paula.cl