En nuestras manos está elegir valores que nos aportan bienestar y trabajar para aplicarlos en nuestras relaciones, evitando normalizar el maltrato.

El mal trato y el buen trato constituyen dos polos de un mismo eje, dos formas de construir e interiorizar valores y de relacionarnos. Ambos se generan en el adentro y en el afuera, es decir, tanto en la parte visible de nuestra existencia como en la que no lo es tanto, y se dan en todo tipo de vínculo: amoroso, amistoso, laboral, paterno/materno–filial, entre iguales… Así, afectan a tres dimensiones de nuestra vida que están interrelacionadas: la social, la de las relaciones y la personal (porque el maltrato y el “buentrato” se internalizan).

Vemos el maltrato sobre todo en el afuera, en aquello que se percibe –el daño físico–, y no solemos darnos cuenta del daño interno, el que no se ve –el daño psíquico–. Sin embargo, aun siendo visible, tampoco lo percibimos tanto, porque el maltrato está “normalizado”, forma parte de la vida cotidiana y del sistema social.

Las sociedades patriarcales –y la nuestra lo es aunque sea democrática– son “maltratantes”, basadas en la jerarquía y desigualdad entre hombres y mujeres, donde se estructuran los sexos en categorías de género –con valores y roles dicotomizados– y se valora lo masculino por encima de lo femenino. Esta estructura jerárquica constituye un modelo normalizado de relaciones de poder no solo entre hombres y mujeres, sino también entre hombres, entre mujeres, e incluso llega a funcionar como un modelo interno.

El amor, el cuidado y el respeto son los valores del buen trato hacia nosotras mismas, los demás y el planeta. Pero la cultura que hemos heredado nos empuja a la desvalorización y el maltrato, que muchas veces están normalizados.

En él se valora la competencia, la lucha y las jerarquías de poder, valores que se transmiten a través de la familia, la escuela, los medios de comunicación... ¿Por qué tienen tanta audiencia los programas violentos en un mundo de “buenos y malos” que sirve para justificar las agresiones? O los que promueven el cotilleo, el insulto…

La violencia se aprende, como también se aprende a erotizarla. Es una visión del mundo en la que dominas o eres dominado/a. La parte visible de este entramado puede ser puesta en tela de juicio e, incluso, ser castigada por las leyes; pero la parte invisible genera el llamado inconsciente colectivo, mensajes autorizados socialmente que se transmiten de generación en generación.

Relaciones de poder
Según el tipo de vínculos que establecemos, nos colocamos en relaciones de mal trato o de buen trato, de dependencia o autonomía, jerárquicas o de igual a igual. En muchas de las que son duales –pareja, amistad, materno/paternofilial…– reproducimos las relaciones de poder como una forma “autorizada” de control y castigo a quienes consideramos inferiores. Y a veces vamos más allá; interiorizamos los valores de este modelo de dominio/sumisión hasta tal punto que una parte nuestra actúa como dominante, enjuiciadora, permanentemente crítica, y otra actúa como víctima, siente que no hace bien las cosas y que merece ser castigada.

Un ejemplo claro de este mal trato es la anorexia. O las mujeres que recurren una y otra vez a la cirugía estética porque no se gustan (desvalorización) y una parte de ellas piensa que si se “retocan”, valdrán más (dominación). En los hombres, esa relación de poder se muestra cuando aparece un conflicto entre lo que creen que se espera de ellos (parte dominante) y la desvalorización que sienten al no cumplir con la expectativa social (parte víctima), por ejemplo, cuando piensan que tienen un pene pequeño o cuando la mujer toma la iniciativa de romper la relación de pareja.

En este último caso, muchos hombres son víctimas del propio sistema social, que les enseña a situarse en la dominación y no les “autoriza” a expresar tristeza o miedo. De este modo, cuando experimentan esas emociones –tras una ruptura de pareja hay un duelo, aparece la tristeza y, a veces, el miedo a la soledad–, las reconvierten en la aprendida y permitida desde el género: la cólera. Tendríamos que distinguir entre la ira o la cólera, la violencia y la violencia de género.

La primera es la expresión espontánea de algo que nos desagrada, que nos hace daño o frustra nuestras expectativas, y desaparece cuando evitamos aquello que la produce. Por ejemplo, si alguien nos da un empujón, sentimos ira; pero si la otra persona se disculpa, esta desaparece. La violencia surge en situaciones que nos producen una ira en la que nos instalamos o cuando creemos que la forma de aliviar el malestar es vengarnos para que la otra persona sufra tanto como nosotros.

Hombres y mujeres podemos experimentar ira y violencia, manifestarla o controlarla. Pero la que llamamos violencia de género es la que el sistema sociocultural permite ejercer a los hombres sobre las mujeres.

Un cambio de valores
Así como identificamos fácilmente el maltrato, reconocer el “buentrato” no resulta sencillo. De entrada, la palabra buentrato no existe, ni tampoco el verbo bientratar. El lenguaje refleja y expresa nuestra realidad: lo que no se nombra no existe. Por lo tanto, para hablar del “buentrato” tenemos que crear esa realidad, tener esa experiencia, cambiar los valores, nuestra percepción del mundo y nuestra autopercepción.

En una sociedad «bientratante» la negociación y el diálogo reemplazan a la imposición y el sometimiento.

Una sociedad “bientratante” es equitativa; en ella se establecen relaciones de igualdad entre sus miembros y las diferencias no son valoradas jerárquicamente –por ejemplo, un hombre no tiene más importancia que una mujer–. En esta sociedad “bientratante”, las particularidades se complementan y nos enriquecen; los valores de solidaridad y la cooperación sustituyen a los de lucha, pelea y desconfianza; la negociación, el diálogo y la discusión creativa reemplazan a la imposición, la dominación o el sometimiento.

Sus valores favorecen la salud, el bienestar de las personas y sus relaciones. En definitiva, cada uno encuentra su lugar, se siente útil y colabora en el bienestar colectivo. Cuando las personas incorporan esos valores para el buen trato social, aprenden a ser más respetuosas consigo mismas, se sienten parte de un proyecto común para crear una sociedad mejor, más justa y equitativa, y para mejorar el planeta.

Pero el buen trato requiere una práctica diaria para poder experimentar qué genera bienestar y salud en el cuerpo y el espíritu (el mal trato genera malestar, daño y enfermedad). Hay que desarrollar la autonomía a la vez que la capacidad de compartir, aprender a discutir y negociar, ser tolerante y respetuoso/a con uno/a mismo/a, gestionar el autocuidado, tratarse bien.

La fuerza del amor
Estos valores y actitudes permiten otra manera de vincularnos, de relacionarnos, desde la autonomía mutua y la interdependencia, desde la libertad de compartir para lograr el bienestar y el desarrollo de ambos. también nos ayudan a saber despedirnos cuando no queremos estar juntos, cuando no es posible la negociación o la relación nos causa daño.

El buen trato parte del principio del amor –amar a los demás y a una/o misma/o–, de esa capacidad que tenemos como seres humanos y que podemos experimentar en nuestro cuerpo, en nuestra vida, en nuestras relaciones, en nuestra sociedad y con el planeta en el que vivimos.

Una práctica de “buentrato” es generar proyectos de amor a través de los cuales podemos obtener y compartir bienestar. Eso no significa que desaparezca todo malestar, porque en la vida y en las relaciones hay momentos dolorosos, difíciles, de crisis y duelo; pero podemos aprender de esas situaciones para adquirir alguna experiencia y también para ser resilientes, es decir, para transformarnos y transformar. De nosotros depende.

Fuente: mentesana.es

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