Cuando digo que tengo un hijo de 16 años, muchas veces me miran como a una especie de sobreviviente de algo y hacen comentarios como “Uh que fuerte” o “¿y ha sido muy difícil?”. Soy psicóloga, tengo experiencia en trabajo con adolescentes y varias especializaciones en el tema y si bien en muchas ocasiones nos siento conectados, nos comunicamos bien, la relación es rica, entretenida y amorosa, en muchas otras es difícil, me siento insegura en la crianza, tengo dudas y miedos de sus cambios, de la libertad y autonomía que me pide, de sus exploraciones, en fin.

Sé que esta es una experiencia común entre los padres de adolescentes y son pocas las familias con hijos en esta etapa que pueden decir que no les ha sido difícil y que no han tenido por lo menos alguna crisis o ruptura. La adolescencia empieza con una crisis, que es cuando los niños exilian de su mundo a los padres y, de ahí en adelante, lo que es casi seguro es que vengan varias más. Los adolescentes necesitan diferenciarse de los padres y este es uno de los caminos para hacerlo: cuestionar, enfrentar, desafiar, disentir, pelear.
Entonces, si bien estas rupturas son normales, necesarias y saludables; desafían muchas certezas de los papás, su necesidad de control, su flexibilidad, su capacidad de dar mejores argumentos y por supuesto y, creo que más que nada, su paciencia y autocontrol. Y desafían todo esto, entre otras cosas porque a veces, en esas crisis se nos aparece nuestra propia historia como hijos, las carencias con nuestros padres, nuestra necesidad de ser escuchados, de ser vistos, contenidos, etc. Y así muchas veces, para bien o para mal, nos sorprendemos comportándonos como nuestros principales maestros en la crianza: los propios padres. Lo que puede significar no ser capaces de autoregularnos, actuar desde la rabia y entrar en discusiones en las que decimos mucho más de lo que realmente sentimos o pensamos, con la consecuente culpa que muchas veces solo angustia y paraliza.

Una mejor opción al camino de la culpa y la angustia, es aprender a mirar estos momentos como una oportunidad y convertir esta experiencia en algo que ayude a mejorar nuestras dinámicas de relación y a desarrollar en nuestros hijos sus habilidades para manejar conflictos y para relacionarse con los demás y consigo mismo.

Parte de la crianza es eso: aprovechar los momentos cotidianos, incluso las rupturas, para ayudarlos a alcanzar su verdadero potencial. No se trata de llenar desesperadamente cada experiencia cotidiana de trascendencia, pero sí de acompañarlos afectivamente en este proceso que para ellos, muchas veces, es muy difícil y desconcertante. Y acompañarlos significa a veces también discutirles y oponernos, sin miedo, plantearles la importancia y existencia de las propias necesidades, ofrecerles la experiencia de que están pegando contra una superficie que resiste y sobrevive a sus “golpes”, no en silencio, porque el silencio se puede vivir como abandono y falta de compromiso, lo que les genera mucha inseguridad, sino que es una contraparte que también tiene una posición y la expresa.

Acompañar las rupturas y las crisis con los adolescentes, también significa hacerse cargo de la reparación para restaurar la confianza, la conexión y la comunicación, ya que para ellos es mucho más difícil dar el primer paso en esto. Para esto es necesario esperar a estar más en calma, ya sin rabia y buscar contextos tranquilos y de intimidad. La reparación significa pedir perdón si es necesario. Significa abrir el espacio para conversar de los sentimientos y necesidades de ambos. Significa lograr expresarles genuinamente que esta crisis se cierra y que confiamos en la posibilidad de cambio.