Cómo afrontar un duelo sin salir huyendo

Cómo afrontar un duelo sin salir huyendo

La muerte es un hecho natural que debemos aprender a aceptar, porque solo así podemos asumir la pérdida y dar paso a la nueva vida que nos espera.

En Occidente, la muerte se ha convertido en un tabú y los ritos funerarios se hacen cada vez de manera más aséptica, de modo que los familiares no tengan apenas contacto con el muerto.

Tradicionalmente, el ritual tenía lugar en casa y los niños asistían al velatorio, que duraba días, con toda naturalidad. Esto les daba una cercanía con la muerte, integrada a la vida cotidiana como un elemento más del devenir.

El actual rechazo a todo lo que tiene que ver con el deceso ha provocado un incremento del miedo a la muerte, pues se ha convertido casi en una desconocida. Esto hace que también nos resulte más difícil despedirnos de nuestros seres queridos.

La lección de la mostaza

Un relato que empezó a popularizarse hacia el siglo V ilustra cómo Siddhartha Gautama abordaba este tema.

Esta fábula no hace menguar la tristeza, pero nos permite compartir. No se puede pretender que la persona que ha sufrido una pérdida se libere enseguida de la tristeza y el dolor, ya que asimilar la muerte de un ser querido requiere tiempo.

Una mujer llamada Kisa Gotami fue una vez a ver al Buda, muy trastornada por la muerte de su hijo. Con el niño entre sus brazos, la madre imploró que le devolviera la vida.

—De acuerdo –respondió el iluminado–, pero primero debes traerme una semilla de mostaza.

—¡Una semilla de mostaza! ¡Qué fácil!

—Pero, debes tomarla de una casa donde no haya muerto nadie.

Kisa Gotami salió corriendo a pedir una semilla de mostaza y llamó a una casa tras otra. Pero al preguntar si alguien había fallecido en la casa, la respuesta era siempre:

–Desgraciadamente sí. Los muertos son muchos, y los vivos, pocos.

La mujer estaba totalmente desesperada y se preguntaba dónde podría encontrar la semilla que necesitaba. Finalmente comprendió el mensaje: la muerte llega a todo el mundo. Así pues, fue a reunirse con el Buda y dejó a su hijo en el suelo, diciendo:

–Ahora sé que no estoy sola en este inmenso duelo. La muerte llega a todos.

Las 5 etapas del duelo

La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross fijó en su libro de 1969 On death and dying (“Sobre la muerte y el morir”), las cinco etapas del duelo, tanto si se trata de la muerte de un familiar como del diagnóstico en la propia persona de una enfermedad terminal:

  1. Negación. La primera reacción del individuo es defensiva y de incredulidad. Se dice interiormente: “Esto no puede estar pasándome a mí.”
  2. Ira. La segunda fase es de rebelión e indignación: “¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? ¡No es justo!”
  3. Negociación. Se da sobre todo cuando la muerte no ha llegado aún, en enfermos terminales. La persona tiene la esperanza de retrasar el fin y piensa cosas como: “Dios, solo necesito un poco más de tiempo para…”
  4. Depresión. Una vez aceptado el hecho inevitable, la persona se entrega a la tristeza y se hace preguntas sobre el sentido último de la vida: “¿Para qué vivir si luego hay que morir?”. Según Kübler-Ross, no hay que intentar alegrar a la persona que está en esta fase, que debe ser respetada.
  5. Aceptación. El individuo reconoce que “dado que no hay remedio, debo asumirlo”. Es una fase de paz en la que se deja de luchar contra la muerte y el dolor va remitiendo.

    El pensador romano Marco Aurelio escribió:

“No hay que temer a la muerte, sino a no haber empezado nunca a vivir”

El temor a la muerte enmascara muchas veces un temor a la vida: se sabe que en realidad no se está sacando jugo a la existencia.

La mayoría de personas pasan, de hecho, por diferentes “muertes” a lo largo de su vida. Quien sufre un despido, un divorcio o una ruina económica se encuentra de pronto en un lugar totalmente distinto en el que debe integrar la pérdida y aprender a vivir de nuevo.

El problema es cuando intentamos entrar en la siguiente etapa sin haber “dejado ir” la anterior, ya que entonces continuaremos anclados al pasado.

La Teoría U: si no dejar ir, no dejas venir

La llamada Teoría U, de Otto Scharmer (Ed. Eleftheria) trata esta cuestión. Muchas personas no logran que suceda nada realmente nuevo en su vida –encontrar la pareja, descubrir otra vocación– porque analizan su vida en clave de pasado. Filtran todo lo que les sucede a través de lo que ya han vivido, manteniendo las mismas ideas preconcebidas.

Según Scharmer, hasta que no dejemos ir el pasado, no llegarán los regalos del futuro. En la “Teoría U” esto se sintetiza con dos frases en inglés: sin el Let it go (“déjalo ir”) no puede haber Let it come (“deja que llegue”).

Cualquiera que sea nuestro duelo, una vez hayamos comprendido y honrado el pasado, debemos dejarlo allí para abrir puertas a lo nuevo. Si lo hacemos así, permitiremos que lleguen otras experiencias que darán valor a cada día de nuestra vida.

Los cuatro mandamientos de Elisabeth Kübler-Ross

  1. Vive de tal forma que, cuando mires hacia atrás, no lamentes haber desperdiciado tu existencia.
  2. Vive de tal forma que no lamentes las cosas que has hecho ni desees haber actuado de otra manera.
  3. Vive con sinceridad y de manera plena.
  4. Vive.

Después de la pérdida

La doctora en metafísica Anji Carmelo señala que, tras completar el duelo, llega el momento de honrar al difunto a través del recuerdo y la renovación personal, de modo que podamos integrar lo mejor de quien acabamos de perder.

  • Es importante buscar momentos de armonía y paz, que se pueden fomentar por medio de encuentros con la naturaleza, la música, la lectura y la relajación.
  • El paso siguiente es la conversión del bienestar interno en una manifestación real externa y la mejora de la vida cotidiana, haciendo algo bueno para uno mismo.
  • Vale la pena entonces volver a conectar con las personas queridas, redescubrir pequeños placeres y permitirse disfrutar de ellos.
  • Y finalmente, analizar y valorar las vivencias y ver cuán enriquecido y fortalecido se está, sabiendo que ya nadie ni nada podrá separarnos del familiar o amigo tan querido, ya que se lleva dentro del corazón en paz y armonía.

Fuente: mentesana.es

¿Afecta el clima al estado de ánimo?

¿Afecta el clima al estado de ánimo?

Todos somos conscientes de que el clima influye en nuestro estado de ánimo. De hecho, a la mayoría nos afecta en cierto modo la llegada del calor o los días lluviosos, los días soleados o los días grises, por ejemplo. Pero, ¿cómo funciona realmente este impacto? ¿Es algo meramente psicológico o tiene el tiempo un efecto real sobre nuestro organismo?

A continuación vamos a ver cuál es la influencia del clima en nuestro estado de ánimo y algunos datos curiosos que pueden resultar muy útiles.

El invierno nos desanima

Con el invierno, además del frío, llega el llamado trastorno afectivo estacional. En inglés muchos bromean con ello, puesto que lo conocen por sus siglas, SAD (Seasonal Affective Disorder), ya que “sad” significa triste. Pero, sin embargo, para muchas personas el frío no tiene ninguna gracia.

Se cree que los que sufren este trastorno pueden sentirse particularmente afectados por la falta de luz durante los meses de invierno más oscuros. De hecho, los estudios han encontrado que cuando estas personas se exponen a la luz del sol, sobre todo durante las horas de la mañana, tienden a sentirse mejor.

Aunque el trastorno afectivo estacional es relativamente poco común, incluso los que no lo padecen pueden experimentar bajadas de ánimo durante los meses de invierno o en climas más fríos.

¿Afecta el clima al estado de ánimo?

Sin embargo, también podríamos estar sobrestimando lo mucho que el tiempo frío afecta a nuestro estado de ánimo. Algunas investigaciones han encontrado que la incidencia de esta especie de “depresión de invierno” es muy exagerada, y que la mayoría de las personas no se ven afectados por los cambios de humor de temporada, es decir, que el frío no afecta tanto al ánimo (tanto como para sufrir depresión) como parece.

El clima extremo puede influir en nuestra empatía

Las dificultades relacionadas con el mal tiempo pueden cultivar la empatía en la gente. De hecho, en su máximo extremo, en ninguna ocasión más que cuando ocurren grandes catástrofes se puede observar hasta qué punto el espíritu solidario y comunitario está arraigado en la gente.

En lo que se refiere a eventos cotidianos, las situaciones climatológicas extremas puede influir en detalles tan sencillos como dejar más propina.

Aunque parezca que los desastres sacan lo peor de la gente y que desencadenan un egoísmo desenfrenado y la competencia brutal por la supervivencia, la realidad es muy distinta, ya que las personas que hacen frente a las crisis son en realidad muy altruistas y se ayudan unas a otras.

El mal tiempo convierte un día malo en un día horrible

Si tienes un buen día, es probable que el mal tiempo no te afecte demasiado. Pero si te sientes mal ya desde que te levantas, un día triste y frío podría fácilmente hacer que tu estado de ánimo vaya de mal en peor.

¿Afecta el clima al estado de ánimo?

En un estudio de 2008 publicado en la revista Emotion, los investigadores evaluaron las personalidades y los estados de ánimo de más de 1.200 hombres y mujeres adultos a través de cuestionarios diarios.

Al analizar los resultados, se encontraron con que los factores relacionados con el clima, como la temperatura, la luz del sol, el viento y las precipitaciones no tuvieron un impacto notable en el estado de ánimo positivo, pero la temperatura, el viento y la luz del sol sí tuvieron un efecto sobre el estado de ánimo negativo.

El aumento de la temperatura tuvo un efecto positivo en la mayoría de personas con ánimo negativo, mientras que el aumento del viento y la disminución de la luz solar tuvo un efecto negativo en la mayoría de las personas con estado de ánimo negativo, aunque estos efectos variaron de un individuo a otro.

También se encontró que la luz solar puede afectar al modo en el que los participantes dijeron que estaban cansados. Los resultados fueron poco concluyentes, pero sí apuntan a la necesidad de más investigación futura en la relación del estado de ánimo de clima.

El crimen violento aumenta con el calor

Una investigación sugiere que el clima puede jugar un papel importante en la incidencia de crímenes violentos, junto con otros factores. Los investigadores de la Universidad de California en Berkeley analizaron 60 estudios previos en los Estados Unidos sobre las tasas de crímenes violentos y encontraron un vínculo entre la violencia y el calor, así como con las lluvias extremas.

Encontraron que en estas circunstancias los conflictos intergrupales (guerras, conflictos armados) subieron un 14% mientras que los casos de violencia interpersonal (violaciones, violencia doméstica, homicidios) aumentaron un 4%.

Teniendo en cuenta que se espera que la temperatura global aumente en las próximas décadas, el panorama es desolador.

El suicidio podría estar ligado a factores estacionales

Algunas investigaciones han sugerido que los suicidios son más frecuentes a finales de la primavera y principios del verano, un fenómeno que se observó por primera vez en el siglo XIX. Aunque algunos estudios han contradicho este hallazgo, otra investigación apoya la existencia de un pico estacional de suicidio.

Los estudios han sugerido que el sol y las temperaturas más altas podrían estar relacionados con pensamientos suicidas y las tasas de suicidio más altas, incluso a pesar de la asociación general de los meses más fríos con la tristeza y el aislamiento.

La gente es más feliz en climas templados

Algunas investigaciones han identificado un vínculo entre el clima y los niveles de felicidad. Así, las temperaturas medias más cálidas en el invierno y las temperaturas medias más bajas en el verano parecen estar correlacionadas con el aumento de la felicidad.

Además, los inviernos suaves y los veranos más fríos hacen que sea fácil de conseguir disfrutar del aire libre durante todo el año, no solo porque facilitan la actividad física, sino porque pasar tiempo al sol se ha asociado amenores niveles de estrés y el aumento de bienestar.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Consejos para detener el diálogo interno negativo

Consejos para detener el diálogo interno negativo

El diálogo interno negativo afecta a las emociones y a la conducta del individuo, y tiene consecuencias perjudiciales para su bienestar, sus relaciones familiares, sociales o laborales, y su forma de afrontar las circunstancias o los problemas. Para frenar estos pensamientos negativos erróneos, y sustituirlos por un autodiálogo positivo y constructivo, sigue los siguientes pasos:

  1. Aprende a detectar la relación entre lo que piensas, cómo te sientes y cómo te comportas. Cuando estés experimentando una emoción intensa anota en una hoja qué es lo que la ha desencadenado (como si fuera la captura de una cámara de fotos), qué has pensado, te has dicho a ti mismo, y has interpretado, cómo te has sentido, y cómo has actuado.
  2. Chequea tus pensamientos y pregúntate si son o no razonables. Un pensamiento razonable es contrastable por la experiencia, no exagera, se expresa en forma de deseo o preferencia, produce una emoción moderada, y nos ayuda a construir o a resolver un problema. Por el contrario, un pensamiento no razonable se basa en suposiciones no demostrables, se expresa de forma dramática (por ejemplo no puedo aguantar, es horrible, qué asco, etcétera), se formula como una exigencia, produce emociones intensas, y nos bloquea la resolución de problemas.
  3. Indaga sobre los sesgos cognitivos que te han llevado a pensar, sentir u obrar de determinada forma. Observa si en tu autodiálogo existen sesgos como los que hemos nombrado anteriormente que te hagan interpretar la realidad de forma dramática y personalizada.
  4. Intenta generar un pensamiento alternativo; si los pasos anteriores te han hecho ver que tu forma de pensar no es del todo adecuada, intenta anotar un pensamiento alternativo al inicial, comparando la emoción que te hace sentir este nuevo pensamiento con la que te producía el pensamiento negativo. Para facilitar esta tarea, al principio puedes preguntarte qué le dirías a un amigo que se encontrara en una situación similar, qué datos tienes para pensar de forma contraria, o cómo pensaría una persona a la que tú admiras por su capacidad de gestión emocional en esta mismas circunstancias. No se trata de que te engañes, sino de pensar en forma de posibilidades que se ajusten más a la realidad.
  5. Solicita ayuda a un psicoterapeuta cognitivo-conductual. Es posible que a pesar de adoptar las estrategias anteriores tú continúes con un autodiálogo interno que te taladra la cabeza. A veces, pueden existir causas subyacentes al mismo, que un terapeuta cognitivo-conductual te puede ayudar a desvelar y comprender. Con este tipo de terapia tu psicoterapeuta te enseñará técnicas para la gestión del autodiálogo interno negativo, que mejorarán tu estado emocional y te ayudarán a que afrontes situaciones problemáticas. Entre ellas destacan la terapia cognitiva de Beck, la terapia racional emotiva de Ellis, el entrenamiento en autoinstrucciones y atribuciones positivas, o la terapia de resolución de problemas y toma de decisiones para problemas psicosociales, entre otras.

Fuente: webconsultas.com

Si mejoro… ¿dejaré de ser yo?

Si mejoro… ¿dejaré de ser yo?

El objetivo de cualquier terapia siempre es el cambio. Y es fácil preguntarse si, al conseguir esa transformación, no estarás perdiendo también tu personalidad.

Puede parecer una pregunta absurda, rebuscada incluso, pero me la he hecho a mí misma demasiadas veces como para poder contarlas.

Y me consta que no soy la única. Somos muchas las personas con problemas de salud mental y emocional que nos preguntamos si, perdiendo aquello que nos ha definido durante más o menos tiempo, perderemos nuestra personalidad. Nuestra unicidad.

Me explico: no es que yo crea, ni haya creído, que no soy más que mi inestabilidad, mi caos, mis prontos, mis miedos y mi desolación. No es que yo me alegre (cómo iba a hacerlo) de ser una persona que se ha dejado arrastrar por conductas adictivas y auto-destructivas, que ha puesto en riesgo su propia vida; no, no es eso lo que me da miedo perder.

Pero, a veces, me he preguntado y tengo que reconocer, hasta me lo sigo preguntando; si, acaso, perdiendo todo eso, perdería mi sensibilidad, mi empatía, mi emotividad.

Estas creencias en apariencia irracionales no surgen de la nada, sin embargo. Durante años, hemos visto invalidadas nuestras vivencias, nuestras formas de experimentar el mundo y sus conflictos, de mayor o menor “gravedad”; siempre se nos ha dicho que somos demasiado sensibles, que exageramos, que dramatizamos.

A veces, parece que la única forma correcta de “recuperarse” o, al menos, de empezar a vivir mejor sea renunciar a nuestras formas de experimentar el mundo

Pero no se trata de eso. No se trata de perder nuestras personalidades y, menos aún, fortalezas tan vitales, tan cruciales para vivir e incluso para construir una sociedad mejor como lo son la sensibilidad y la capacidad de ponerse en la piel de la otra persona, la compasión también (y, cuando hablo de la compasión, no me refiero a la lástima ni a la pena).

Se trata, más que de renunciar a nuestras formas de experimentar el mundo, de cambiar nuestras formas de reaccionar a este mismo mundo.

Es decir que, si yo soy una persona especialmente sensible, más allá de los motivos o experiencias que haya detrás de esta sensibilidad en mí; no se trata de que deje de llorar cuando siento ganas de llorar, o de emocionarme con facilidad tanto por todo aquello que me construye como por todo aquello que me destruye por dentro.

Se trata de que estas emociones tan auténticas, tan primarias, no vayan ligadas a conductas impulsivas y dañinas para mí y para las personas que me rodean.

Y es que algo que he aprendido en terapia es, precisamente, que renunciar a la inestabilidad emocional tan dañina y nociva que lleva chupándome las ganas de vivir ya años no implica convertirme en una “ameba emocional” (así lo dice mi psicóloga). No, lo que implica dejar atrás la inestabilidad que me perjudica, que nos perjudica; es encontrar un cierto equilibrio.

Equilibrar nuestras emociones pero, sobre todo, nuestras reacciones

Así que yo me niego, me niego rotundamente a renunciar a aquello que me hace ser quien soy; pero, especialmente, a renunciar así a todo aquello que me permite entender, comprender, confortar, consolar y emocionarme, en definitiva.

Pero me niego también, por supuesto, a vivir toda mi vida entre atracones y ayunos; entre el todo o la nada, entre la intensidad mortífera y la apatía paralizante. Quiero sentirme mejor, quiero encontrar un equilibrio.

Quiero conocer, en definitiva, la estabilidad; y trabajo, en terapia y con mis amigas, por mi cuenta también por definir lo que esta estabilidad significa para mí. En mis propios términos. Y después, por experimentarla, por acostumbrarme a ella.

Porque no se trata de perdernos a nosotras mismas en favor de una vida menos peligrosa

Tus únicas opciones, mis únicas opciones, nuestras únicas opciones, en definitiva; no son el peligro o la indiferencia. Se trata de aprender a sobrellevar nuestra emocionalidad, nuestra emotividad, de forma que aprendamos al mismo tiempo a validar nuestras reacciones emocionales “disparadas” según esta sociedad y a no dejar que esas mismas emociones sean el único faro que nos guía.

Se trata, como escribía antes, de dejarnos a nosotras mismas conocer el equilibrio; nunca de desconocer la emotividad.

Porque el equilibrio y la emotividad no son, nunca, elementos opuestos. Nuestras emociones nunca han sido nuestras enemigas; nuestras únicas enemigas, en todo caso, han sido y son las personas que no nos permiten sentir en nuestros propios términos y nuestras propias reacciones desesperadas ante una sociedad, un entorno que no nos proporcionaba herramientas para aprender a sobrellevar esas emociones.

Para aprender a ser, al mismo tiempo, emocionales y estables.

Fuente: mentesana.es

Causas del diálogo interno negativo: por qué nos hablamos mal

Causas del diálogo interno negativo: por qué nos hablamos mal

Al igual que la mayor parte de nuestras conductas, nuestros pensamientos y diálogo interno negativo (y también el positivo) son aprendidos; algo que nos diferencia de otras especies, que se basan más en los instintos. Sin dejar de lado las predisposiciones genéticas con las que nacemos, lo cierto es que lo que determina nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos son las experiencias vividas, nuestros aprendizajes. Por ello, si hemos aprendido a hablarnos de un determinado modo, como veremos más adelante, también podemos desaprender a hacerlo, aprendiendo en su lugar otras formas de diálogo interno más positivo y constructivo.

Estas formas de aprendizaje se ven a su vez influenciadas por diversos factores, que condicionan el hecho de que nos hablemos mal a nosotros mismos:

  • Factores motivacionales (por ejemplo, las personas ansiosas tienden a interpretar más situaciones como amenazantes).
  • Familiares y educativos (por ejemplo, en muchas ocasiones, en nuestro diálogo autocrítico habla más un padre autoritario, o un maestro poco reforzador).
  • Culturales (por ejemplo, nuestros pensamientos asociados con los juicios de la realidad son contextuales, es decir, la realidad es buena o mala en función de la cultura de la que provenga).
  • Los amigos y compañeros (por ejemplo, existen personas que piensan y hacen autodiálogos similares a los que hacen su grupo de pares).
  • Las experiencias vividas (por ejemplo, la forma en la que juzgamos un resultado de nuestra actuación puede estar influenciado por lo que ya nos ocurrió, u observamos que le ocurrió a otro en el pasado).
  • Las expectativas (por ejemplo, en función de lo que esperábamos conseguir podemos tener un autodiálogo más o menos motivador, que sin duda influirá en nuestro comportamiento).

 

Sesgos cognitivos que ‘alimentan’ el diálogo interno negativo

La mayoría de nuestro diálogo interno negativo es resultado de una mala interpretación de la realidad que, a su vez, puede ser consecuencia de sesgos o distorsiones cognitivas. Los sesgos cognitivos hacen que interpretemos la realidad parcialmente, ignorando elementos importantes de la misma, y alterando funciones cognitivas básicas como la atención (por ejemplo, hacemos visión túnel de lo que nos interesa), la interpretación (por ejemplo, cogemos solo una parte de la realidad, dejando de lado otros datos importantes y llegando a conclusiones erróneas), y la memoria (por ejemplo, almacenamos erróneamente nuestras experiencias vividas, como resultado de una mala interpretación de las mismas).

Entre los sesgos cognitivos más comunes encontramos la magnificación (por ejemplo, dar demasiada importancia a un hecho negativo o a un error), la minimización (por ejemplo, restar importancia a un hecho positivo o capacidad personal, pensando que las cosas buenas no cuentan); el catastrofismo (por ejemplo, anticiparse a todo aquello que puede salir mal); la sobregeneralización (por ejemplo, pensar en términos generales como siempre, todo, nadie, etcétera, sacando conclusiones universales); y la adivinación del pensamiento (por ejemplo, creer que conoces el porqué de la conducta del otro, comportándote hacia él de acuerdo a tu autodiálogo, más que a los verdaderos motivos del mismo). Todos ellos se asocian con emociones muy intensas, que dan lugar a un comportamiento poco ajustado a la situación que los desencadena.

Fuente: webconsultas.com

¿Cuánto tiempo tardan diversas drogas en salir de tu sangre, pelo y orina?

¿Cuánto tiempo tardan diversas drogas en salir de tu sangre, pelo y orina?

Muchas veces se ha hablado respecto a los efectos que tienen algunas de las drogas más conocidas en la salud, ¿pero sabemos realmente cuánto tiempo permanecen en nuestro cuerpo?

Un nuevo video realizado por el periódico español El País, usando información aportada por la Oficina pública de información de drogas y alcohol de Irlanda, nos muestra las horas -e incluso días- que estas sustancias quedan alojadas en el organismo hasta que son expulsadas de la sangre, pelo y orina.

Según señala el Centro de Asistencia Terapéutica de Barcelona, toda droga que ingresa en el cuerpo humano es metabolizada en el hígado y “transformadas en sustancias eliminables denominadas metabolitos”

Posteriormente son eliminadas por el riñón, aún cuando pueden ser liberadas por las fecas o sudor. Esta es la razón por la que se puede realizar la detección de drogas en la orina, análisis que en todo caso estará condicionada por factores como la grasa almacenada.

Por su parte, el cabello es un material importante para la detección del consumo de sustancias, ya que todas estas son absorbidas y permanecen en el pelo durante un tiempo más prolongado.

Si bien cualquier tipo de pelo sirve para el análisis (corporal, capilar, pecho, etc), la compañía especialista en diagnóstico y detección de drogas nal von minden GmbH asevera que “el cabello de una persona que nunca ha consumido drogas puede llegar a contaminarse por el humo del cannabis o el polvo de la cocaina”.

En tanto, la sangre es un material que resulta de bastante utilidad para la detección de drogas debido a que “contiene la sustancia narcótica en el momento en el que la sustancia se introduce en el cuerpo y se transporta a todos los tejidos incluyendo las zonas donde la sustancia tiene efecto y a los diferentes órganos que la expulsaran del cuerpo”, precisa la revista Mundo Forense.

¿Quieres saber cuánto tardan algunas de las drogas en salir de tu sangre, pelo y orina?

Averígualo a continuación.

LSD
Sangre: 3 horas

Pelo: hasta 3 días

Orina: 3 días

Morfina
Sangre: 8 horas

Pelo: hasta 90 días

Orina: 6 días

Heroína:
Sangre: 12 horas

Pelo: hasta 90 días

Orina: 4 días

Anfetaminas
Sangre: 12 horas

Pelo: hasta 90 días

Orina: 3 días

Alcohol
Sangre: 12 horas

Pelo: hasta 90 días

Orina: 5 días

Metanfetaminas
Sangre: 37 horas

Pelo: hasta 90 días

Orina: 6 días

Cocaína
Sangre: 2 días

Pelo: hasta 90 días

Orina: 4 días

Marihuana
Sangre: 14 días

Pelo: hasta 90 días

Orina: 30 días

Fuente: biobiochile.cl