La importancia del Autocuidado

La importancia del Autocuidado

Gestionar nuestro tiempo es uno de los grandes desafíos de hoy en día: inmersos en la rutina, en el mundo en el que vivimos son muchas las demandas que reclaman nuestra atención y ocupan nuestro tiempo cotidianamente. Trabajo, hijos, relaciones personales, tareas domésticas, e incluso redes sociales se convierten en ocasiones en una avalancha de tareas que tenemos que procesar a toda prisa e ir dándoles salida de la forma más rápida posible.

Es frecuente que caigamos en la inercia de ir apagando fuegos y saltando de una tarea a otra, sin tiempo para pararnos a pensar y reflexionar realmente sobre qué estamos haciendo y por qué lo estamos haciendo, es decir, si las tareas que ocupan nuestro día a día son realmente las que queremos hacer, o si en realidad estamos funcionando en el modo piloto automático.

Es obvio que no podemos elegir muchas de ellas. Por ejemplo, no podemos elegir si queremos trabajar, o si queremos o no recoger la cocina, son tareas que debemos hacer obligatoriamente.

Sin embargo, sí podemos priorizar y ordenar nuestra tareas de forma que nuestra rutina sea más equilibrada y armónica, y no tengamos la temida sensación de desgaste que habitualmente se va a acumulando en nuestro cuerpo conforme avanza la semana. ¿Cómo hacerlo? Vamos a verlo.

¿Qué es el autocuidado?

Como su propio nombre indica, el autocuidado son básicamente todas aquellas tareas y hábitos que incluyamos en nuestra rutina para dedicarnos a cuidar de nosotros mismos, o mejorar nuestra salud.

Cuando comentamos en consulta la necesidad (sí, necesidad) de incluir espacios de autocuidado en la rutina semanal, muchas veces parece que hablamos de una utopía. Podemos pensar: “¿Cómo? ¿Buscar un momento para mí solo/a”? Esta pregunta suele ir seguida de una gran carcajada.

Parece que hemos interiorizado que el autocuidado es algo opcional, algo que podemos hacer ocasionalmente, en nuestro tiempo libre, si es que sobra tiempo. Nos hemos acostumbrado a funcionar de forma que somos lo último en nuestra lista de prioridades.

Salvo excepciones, la mayoría de las personas no aparece en su propia agenda. Quizá esto suene algo drástico, pero si nos paramos a reflexionar, veremos que día a día tomamos decisiones en las cuales postergamos tareas de autocuidado por falta de tiempo, o por la premura de otros objetivos más urgentes. Por ejemplo, ir al fisioterapeuta, quedar con un amigo que hace tiempo que no ves, hacer deporte, dar un largo paseo con tu pareja, darte un baño caliente, recuperar ese libro que empezaste hace tiempo, irte de compras, apuntarte a yoga…

Es frecuente que esas tareas estén en una lista de actividades pendientes, desde hace demasiado tiempo. Vale, bien, podemos pensar que es un mal menor, que es algo que estamos sacrificando en aras de llevar adelante nuestro trabajo, tener ordenada la casa, o pasar tiempo con nuestros hijos, en definitiva, ser efectivos. Pero la pregunta es, ¿durante cuánto tiempo podemos hacer esto sin que nos pase factura?

¿Por qué es tan importante el autocuidado?

Esta es la pregunta del millón, y la respuesta corta es bastante sencilla: porque es un seguro gratuito de salud. El único coste que tiene es el tiempo que le dedicas. El autocuidado previene enfermedades, te inmuniza, protege tu salud, tanto física como psicológicamente.

Cuando priorizamos durante demasiado tiempo objetivos laborales, domésticos o interpersonales dejando de lado nuestro bienestar personal, nuestro cuerpo empieza a avisarnos de que nos estamos sobrecargando. Lo hace a través de las somatizaciones (a las que ya dedicamos una entrada, que puedes leer aquí), es decir, síntomas de malestar físico que son frecuentes en personas con estrés, tales como:

-Dolores de cabeza, de espalda, o musculares.

-Náuseas, diarreas, gases.

-Hormigueos, espasmos musculares, debilidad.

-Palpitaciones, sensación de ahogo.

Estos molestos síntomas que aparecen en épocas con un alto grado de estrés, son el precursor que nos avisa de que estamos sometiéndonos a un estrés sostenido durante demasiado tiempo.

Este cuadro puede agravarse y debutar en un futuro en trastornos específicos, como por ejemplo el conocido burnout o síndrome de desgaste profesional, o en trastornos de ansiedad, como el trastorno de pánico, o trastornos afectivos como la depresión.

Existen factores de personalidad que nos pueden predisponer a sufrir estos trastornos, y uno de ellos es un alto nivel de autoexigencia: es decir, exigirnos demasiado a nosotros mismos, cumplir nuestro rol en todas las áreas de nuestra vida de forma perfecta. Este alto nivel de exigencia nos puede llevar a involucrarnos en multitud de actividades exigentes, que nos suponen un esfuerzo físico y mental, y que a largo plazo, si no contamos con unos hábitos adecuados de autocuidado, pueden pasarnos factura resintiendo nuestra salud.

¿Qué hacer para cuidarse?

Como adelantábamos al principio del artículo, existen algunos hábitos que son básicos para tener un buen autocuidado, y prevenir el exceso de estrés en nuestras vidas:

  1. Una adecuada gestión del tiempo: saber priorizar, dedicarse a lo importante y no dejarse llevar por las prisas, las urgencias, y los objetivos ajenos que nada tienen que ver contigo, es una habilidad esencial para no acabar sufriendo una sobrecarga de estrés.
    Analizar tus objetivos: dedica un tiempo a la semana (con veinte minutos es suficiente) para repasar qué has hecho, y si lo que has hecho está en consonancia con lo que quieres conseguir, o con cómo quieres que sea tu futuro. Te sorprenderá la cantidad de cosas que hacemos por compromiso o por inercia, que no contribuyen en nada a tu bienestar.
  2. Planifica y pon fecha: ten en cuenta que las actividades de autocuidado no son opcionales, ni deben ser un extra que permitirte de vez en cuando: deben estar incluidas dentro de tu rutina, como si se tratara de una dieta. En tu dieta emocional, el autocuidado es un ingrediente básico. Programa tus actividades y respeta su espacio, delegando o dejando de lado otras tareas.
  3. Vigila tus pensamientos críticos: una de las barreras más recurrentes para postergar actividades de autocuidado, es la de los pensamientos negativos automáticos, es decir, pensamientos que se cuelan en nuestra cabeza y que nos hacen sentir mal: normalmente, de culpabilidad. Es frecuente oír que si me dedico tiempo, soy egoísta, y estoy dejando otras prioridades de lado. Esto enlaza con el siguiente punto:
  4. Practica tu asertividad: aprende a decir no. Decir no es otro seguro de salud al que hay que suscribirse. Hacerlo es esencial para dejar de lado otros compromisos improductivos que te ocupan tiempo, y que no tienen nada que ver con tus objetivos personales.
  5. Se constante: es frecuente adherirnos a los hábitos de autocuidado cuando nos encontramos mal, ya que es ahí cuando les vemos sentido: es decir, empezar a cuidarse tras un susto, porque he tenido un episodio agudo de ansiedad o porque me encuentro con un bajo estado de ánimo. Mantén este hábito a largo plazo, no cuando te haga falta, sino de forma constante, para que no te tenga que hacer falta en el futuro.

Y por último, recuerda que todas las áreas de tu vida (trabajo, familia, amigos, deporte, etc.) dependen de ti. Tu salud es un requisito básico para que todo lo demás funcione. Así que no creas que por dedicarte tiempo estás siendo egoísta, o estás dejando de lado otras parcelas de tu vida. En realidad, estás contribuyendo a que sean sostenibles, y a invertir en un futuro más saludable y feliz.

Fuente: www.sernabernabeu.com

Empatía, la difícil y enriquecedora tarea de ponernos en los zapatos de los demás

Empatía, la difícil y enriquecedora tarea de ponernos en los zapatos de los demás

Estamos conectados con nuestro interior, pero también con el exterior, y en los dos tipos de conexiones la empatía juega un papel muy importante. Además, gracias a los adelantos tecnológicos, el mundo exterior con el que podemos interactuar e interaccionar es cada vez más amplio.

Al ser más amplio y los canales de comunicación más extensos pero con menor información, la empatía se vuelve más difícil. Piensa, por ejemplo, lo complicado que puede resultar ser empático con una persona con la que te comunicas mediante mensajes de texto y lo fácil que puede ser conseguir esta empatía con alguien con el que te comunicas cara a cara.

¿Qué es la empatía?

Podemos definir la empatía como la capacidad para entender el estado emocional (emociones y sentimientos) y cognitivo (ideas o pensamientos) de otras personas o de nosotros mismos. Además, este entendimiento es consecuencia de habernos puesto en las circunstancias del otro.

No es un ejercicio fácil ni sencillo y en ocasiones para lograrlo es necesario dejar a un lado los estereotipos o los heurísticos a los que nuestras mentes son tan aficionadas. Además, se trata de un ejercicio complejo, porque el mundo de otra persona o el propio lo es, y requiere una buena parte de nuestros recursos atencionales.

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Por otro lado, hay personas y circunstancias que tienen el poder de provocar más empatía que otras. Así, por ejemplo, será más fácil que seamos empáticos con personas que son similares a nosotros o con personas que demanden nuestra ayuda, en el primer caso porque será más fácil ser empáticos y en el segundo caso porque tendremos un buen motivo para hacerlo si que evaluamos su petición como sincera.

Enemigos de la empatía

Los seres humanos somos en parte el producto de las situaciones que nos moldean desde que nacemos. La indiferencia puede deberse a diferentes factores, entre los cuales podemos enumerar:

  • El egocentrismo.
  • La desconfianza.
  • La pérdida de valores.
  • La competencia individual por llegar lo más alto posible, a cualquier precio.
  • Las divisiones raciales, educativas y de estrato social.

Por otro lado, podemos decir que la falta de empatía pasa factura. Nos aleja de los abrazos cálidos y sinceros, el regalo desinteresado, de la sonrisa amiga, de la mano que se extiende sin pedir nada a cambio. La ley del más fuerte impide entender las necesidades de otros, llámese cónyuge, familia, vecino, compañero, amigo. Los psicólogos atienden diariamente miles de casos cuyo pronóstico mejoraría simplemente con un ejercicio de escucha activa y normalización, para el cual es imprescindible la empatía.

«Mi libertad termina donde empieza la de los demás»

¿Qué puede hacer la empatía por nosotros y por los demás?

Vamos a intentar contestar a esta pregunta haciendo un viaje por diferentes situaciones:

  • Aumentaremos la probabilidad de que nuestra relación de pareja funcione si de vez en cuando nos cambiamos los zapatos. Así comprenderemos la necesidad de afecto del otro, cómo funcionan sus cuerpos y el origen del alguna de sus emociones. Aceptar el historial de vivencias negativas y positivas mutuas les ayudará a vivir, no solo a sobrevivir.
  • Si el empleado entiende la necesidad de que la empresa aumente el rendimiento y el jefe provee lo necesario, la relación obrero-patronal sería muy satisfactoria.
  • Ser empático nos hace más sensibles y respetuosos a las limitaciones de los demás. Por ejemplo, a través de la empatía seremos capaces de entender la frustración que pueden sentir en determinados momentos los padres de niños con autismo ante la imposibilidad de comunicarse con ellos.
  • ¿Y, por qué debemos ser empáticos con nosotros mismos? Revisar con honestidad nuestras fortalezas y debilidades impedirá que nos perdamos y al mismo tiempo facilitará oportunidades para encontrarnos con los demás.
  • La profesora verá incrementado su poder de influencia si es empática con sus alumnos. Por ejemplo, la empatía le permitirá descubrir que el niño abusador y violento solo está copiando la conducta de su entorno familiar. Entender la timidez, la hiperactividad, la extroversión y la tristeza de sus alumnos hará que su función sea más valiosa y a la vez más sencilla.

«Un docente que no sea empático, no podrá solucionar de forma eficaz los conflictos de su clase».

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  • Si los padres recordaran que fueron niños y adolescentes, habría más comprensión y disminuirá la brecha generacional. Al fin y al cabo, ser padres, con una pila de años más, no ha borrado de manera radical todos sus recuerdos y en muchas ocasiones solo es necesaria una clave para recordarlos.
  • Potenciar la empatía en niños y adolescentes, apelando a sus sentimientos, es un excelente recurso para prevenir posibles comportamientos sociales indeseables, como el acoso o la pasividad ante el acoso. Por ejemplo, el método KIVA, aplicado en Noruega, se dirige al espectador del abuso facilitando la empatía por la víctima; facilitando la labor de que los niños-espectadores sean empáticos con el sufrimiento del niño que es acosado, de manera que lo impidan y lo prevengan.

Como hemos visto, la empatía es una habilidad relacional que sirve precisamente para mejorar relaciones, estrechar lazos y acercar corazones. Además, es muy útil para prevenir una buena parte del sufrimiento moderno, marcado profundamente por la sensación de vacío y soledad que se ha instalado en muchas personas, que gritan pero no se sienten escuchadas, reconocidas y finalmente queridas.

Fuente: www.lamenteesmaravillosa.com

¿Cómo empezar a usar el Mindfulness contra el estrés?

¿Cómo empezar a usar el Mindfulness contra el estrés?

¿Qué hacer para incorporar el Mindfulness en nuestro día a día y gozar de sus beneficios antiestrés?

Vivimos en una sociedad frenética, que ha adquirido ritmo propio, que siempre tiene prisa, que siempre tiene algo que hacer. Hoy en día, “no hacer” significa no ser productivo, no estar al día, no aprovechar el tiempo, en definitiva “no ser”.

La sensación que produce este estilo de vida es la de tener que estar continuamente ocupados, conectados; nos mantiene alerta, mecanismo relacionado con las respuestas del estrés.

Sin embargo, es cierto, que el estrés es necesario para la supervivencia de la especie, pero a largo plazo, cuando el estrés se mantiene en el tiempo, los niveles de cortisol elevados (hormona relacionada con el estrés) tienen efectos perjudiciales para la salud.

Por tanto, el estrés, es sin duda, uno de los grandes problemas de la sociedad y afecta a cada vez más población en determinados momentos de la vida. Y las consecuencias son claras, cada vez más gente sufre dolencias como depresión, ansiedad y enfermedades psicosomáticas, todas ellas asociadas los niveles altos de estrés.

Las claves del Mindfulness como herramienta contra el estrés

Pero… ¿qué es lo que subyace bajo la activación de los mecanismos del estrés? Muy relacionada con el estrés, está nuestra capacidad para reconocer y gestionar nuestra actividad mental.

Nuestra mente se encuentra en constante diálogo, rumiando, yendo al pasado y haciendo anticipaciones al futuro, planificando, etc. Por lo tanto, es importante que aprendamos a reconocer cuáles son los pensamientos que vienen a nuestra mente, y qué sentimientos están asociados a estos pensamientos.

Desde esta perspectiva trabaja la filosofía Mindfulness, que se basa en aprender a tomar consciencia, para focalizar nuestra atención en aquello que queremos y disfrutar así de una experiencia plena, sin estar absortos en otros pensamientos.

Desde hace algunos años el Mindfulness se ha ido instalando en nuestras vidas como una fórmula para aprender a disfrutar de la vida plenamente. Pero… ¿de dónde surge esta idea?

Fundamentos en una tradición milenaria

Mindfulness es una palabra de origen anglosajón, y es un término empleado para traducir la palabra “pali sati” que denota conciencia, atención, recuerdo. Esta atención plena, se conjuga con técnicas de meditación que tienen que ver con la tradición budista.

Podemos decir que Mindfulness es una cualidad de la mente, o una capacidad de estar consciente en el momento presente. La práctica del Mindfulness nos invita a valorar la vida desde una nueva perspectiva, la de ver con claridad lo que está ocurriendo en el “aquí y ahora”.

John Kabat-Zinn aporta una definición de Mindfulness que lo caracteriza como“prestar atención de manera intencional al momento presente, sin juzgar”.

La práctica de Mindfulness está teniendo muy buenos resultados en el ámbito de la psiquiatría y la psicología clínica. Y no es para menos, ya que los beneficios pueden hacerse notorios desde la primera práctica.

¿Cómo empezar a practicar?

Para empezar a practicar Mindfulness podemos hacerlo con meditaciones informales y después pasar a la práctica formal. La meditación informal es aquella que realizarnos cuando estamos prestando atención plena a determinadas actividades automáticas, es decir, que realizamos sin darnos cuenta o como se suele decir con el “piloto automático” puesto.

Son actividades que en general no son agradables ni desagradables y que hemos convertido en hábitos: ducharse, caminar de un lado a otro, cepillarnos los dientes, conducir, cerrar la puerta con llave antes de salir…

La propuesta desde la práctica informal de la consciencia plena es que elijamos una actividad o hábito que solemos hacer de manera automática y lo hagamos con plena consciencia. Para realizar las prácticas formales o meditaciones es necesario disponer de un lugar y un tiempo adecuados, ya que la consciencia plena es una cualidad de la mente, pero requiere de entrenamiento y para ello es necesaria la práctica diaria.

Una propuesta de formación en Mindfulness

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Para los que quieran iniciarse en la práctica de Mindfulness, o profundizar en la vivencia plena, en Centro TAP, desde nuestro compromiso por acompañar y crear espacios de crecimiento personal, utilizamos estas técnicas como complemento a nuestra labor terapéutica obteniendo muy buenos resultados a corto, medio y largo plazo.

Además, ofrecemos talleres de entrenamiento en Mindfulness para todas las personas que estén interesadas en conocer y profundizar en la práctica de esta disciplina. Aprender a disfrutar de la vida con consciencia y plenamente está en tu mano. ¿Te unes?.

 

Fuente: www.psicologiaymente.com

¿Cuántas veces al día o a la semana, o al año te dices “No puedo”?

¿Cuántas veces al día o a la semana, o al año te dices “No puedo”?

¿Cuántas veces al día, o a la semana, o al año te dices a ti mismo “no puedo”?

Te invito a leer y reflexionar junto a este hermoso cuento de Jorge Bucay, El Elefante Encadenado.

“De pequeño me gustaba el circo. Me encantaban los espectáculos con animales y el animal que más me gustaba era el elefante. Me impresionaban sus enormes dimensiones y su fuerza descomunal. Después de la función, al salir de la carpa, me quedaba extrañado al ver el animal atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que le aprisionaba una de las patas. La cadena era gruesa, pero la estaca era un ridículo trozo de madera clavado a pocos centímetros de profundidad. Era evidente que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo también podía tirar de aquel minúsculo tronco y huir.

—¿Por qué no la arranca y se escapa? —pregunté a mis padres.

Me contestaron que era porque estaba amaestrado. La respuesta, sin embargo, no me satisfizo. «Si estaba amaestrado, ¿por qué lo tenían atado?». Pregunté a parientes y maestros y pasó mucho tiempo, mucho, hasta que alguien que resultó ser un sabio me dio una respuesta convincente: «El elefante del circo no se escapa porque está atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño ».

Entonces me imaginé el elefante recién nacido y atado a una estaca. Seguro que el animal tiró y tiró tratando de liberarse. Debía terminar el día agotado porque aquella estaca era más fuerte que él. Al día siguiente debía volver a probar con el mismo resultado y al tercer día igual. Y así hasta que un día terrible para el resto de su vida, el elefante aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Desde entonces, el elefante tenía grabado el recuerdo de su impotencia. Y lo que es peor, nunca más volvió a cuestionarse ese recuerdo y nunca más volvió a poner a prueba su fuerza.

A menudo a las personas nos pasa lo mismo. Vivimos encadenados a estacas que nos quitan libertad. Pensamos que «no podemos» hacer tal cosa o tal otra sencillamente porque un día, hace mucho tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos. Entonces nos grabamos en la memoria este mensaje: «no puedo y no podré nunca». Esta creencia autoimpuesta nos ha limitado desde entonces y no la hemos cuestionado más. Seguramente ahora somos más fuertes y estamos más preparados, pero aquel recuerdo nos frena a la hora de intentar liberarnos”.

Y tu, ¿sabes cuáles son tus estacas?

¿Cuántas veces te has dicho “no puedo” sin volver a intentarlo?

¿Cuáles son tus creencias limitantes?

Carolina Herrera Troncoso

Psicóloga Clínica

¿Por qué no te das otra oportunidad?

¿Por qué no te das otra oportunidad?

¿Quién no ha sufrido alguna vez algún daño amoroso? Habitualmente, quién ha sufrido una herida emocional desarrolla una cierta versión a exponerse a situaciones parecidas a la que le ha producido ese sufrimiento. Una de estas situaciones, es el amor.

Así, especialmente en las primeras fases de cicatrización de la herida emocional es cuando muchas personas se cierran de manera más hermética y les cuesta volver a empezar. Sin embargo, otras hacen todo lo contrario y buscan rápidamente a alguien que sustituya ese daño pensando que “un clavo saca a otro clavo”.

3 MANERAS ERRÓNEAS DE REACCIONAR ANTE UN DESENGAÑO

  1. Volverse muy exigente: Esta forma de actuar consiste en poner demasiadas exigencias a la hora de volver a iniciar una relación con alguien. A veces estas exigencias son realistas y están bien, pero otras veces son exageradas y se hacen de manera inconsciente con el fin de no volver a sufrir, son como mecanismos de defensa.
    Muchas personas afirman que son poco enamoradizas y muy exigentes, pero a menudo, detrás de eso se esconde el miedo a sufrir, y por ello, siempre encuentran algo en otros que saboteen sus nuevas relaciones.
  2. Vivir en el pasado: Consiste en no ser capaz de cerrar una etapa amorosa anterior. Se recuerda a la persona creyendo que no será posible volver a conocer a nadie igual. El problema de esta manera de actuar, es que al creer que no se puede conocer a alguien parecido, se puede caer en la inactividad.
    Al final se puede cumplir lo de no volver a conocer a alguien parecido, pero más que nada, será porque no se toma la iniciativa de conocer a nuevas personas. Hay tantísimas personas en el mundo, que siempre se puede encontrar el perfil que nos gusta, pero para conocerlas hay que mantenerse en actividad social.
  3. El auto-saboteo: Sabotearse significa ser muy negativo a la hora de definirse, no creer en uno mismo, quitarse valor, poner excusas para no emprender algo, etc… Es ponerse impedimentos para conseguir cualquier objetivo.

Después de una mala experiencia, las personas que tienen la autoestima baja, suelen experimentar culpa y sentimientos de fracaso. Son precisamente estos sentimientos y los pensamientos negativos que se generan los que complican que la persona vuelva a ser receptiva ante una situación similar; esto sucede así porque si uno no se siente valioso, será complicado que pueda abrirse o exponerse ante el comienzo de una nueva etapa.

RECUPERAR LA CAPACIDAD DE AMAR

Pensamientos y sentimientos tienen una relación muy íntima. Así, los sentimientos pueden variar según la manera en la que pensemos y podemos generar sentimientos con nuestra forma de pensar. Una ruptura amorosa nos puede generar miedo, ira o tristeza pero, y aquí viene lo maravilloso, podemos crear alegría manejando nuestros recuerdos, nuestra atención o nuestra conducta para enfrentar todas estas emociones negativas. Seguir adelante no es una obligación sino una gran oportunidad de conseguir algo mejor. De hecho, si terminó probablemente fue porque no era lo suficentemente bueno.

Saber que podemos tener cierto control sobre nuestras emociones, tomar conciencia de esto, es el primer paso para poder utilizar una de la armas más poderosas con las que contamos. Permitirnosla usar es un paso difícil que podemos o no dar; a veces conocer el grado de control que podemos llegar a tener puede generar un gran miedo por la responsabilidad que supone.

En el fondo, la mente funciona como un eco para las emociones. Así, si por ejemplo, salimos a la montaña en un día lluvioso y nos centramos en lo embarrado que está el camino y el frío que hace, nuestras emociones no serán buenas, en cambio, si decidimos pasar por alto lo negativo y nos paramos a mirar el bonito paisaje que se observa, sentiremos bienestar y satisfacción.

Al final nada en esta vida es para siempre, ni siquiera nuestra propia existencia. Consentir que algo que tiene que terminar termine y entender que este final no hace que pierda su valor sino que nos da la oportunidad de descubrir e iniciar nuevos proyectos es una forma de pensar y actuar que contribuye a que, precisamente, no nos perdamos nuestra propia vida.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

¿Te sientes mal por tener la iniciativa en tus relaciones?

¿Te sientes mal por tener la iniciativa en tus relaciones?

¿Siempre llevas la iniciativa en tu relación de pareja, pero realmente esto no es algo que desees? Esta suele ser una queja bastante habitual y hoy descubrirás cómo aprender a tratar de ponerle punto y final a esta situación.

Tener la iniciativa en las relaciones no es algo malo. Sin embargo, si este tipo de situaciones causan malestar o algún tipo de incomodidad es necesario abordarlo, ya que puede que nos estemos responsabilizando al 100 % e impidiendo a otras personas que pongan de su parte.

También puede ocurrir que a quien le reclamemos iniciativa se encuentre cómodo en un papel pasivo o quizás sus prioridades sean otras. Sea como sea, lo importante es analizar cómo nos sentimos en cada una de las relaciones en las que somos partícipes. De esta forma, será más fácil identificar con qué personas compartimos más conexión y nos sentimos más cómodos y con quien tenemos más dificultades a la hora de tomar la iniciativa. Profundicemos.

La fuerza de la costumbre
La fuerza de la costumbre es muy poderosa, ya lo decía Darwin. Hace que nos acomodemos a una situación hasta que alguien se harta y salta. Esto puede desencadenar respuestas de rechazo y desconcierto, ya que la persona que no «salta» es normalmente la que nunca toma la iniciativa en la relación. Sin embargo, se pueden empezar a actuar para resolver esto.

  • Comunicar lo que ocurre: siempre desde el respeto y siendo claros. Tenemos que hacer saber al otro cómo nos sentimos con la situación y que deseamos que haya un cambio.
  • Permitir que la otra persona se exprese: conocer qué piensa y siente el otro también es importante. Asimismo, esto permitirá un intercambio de puntos de vista que nos pueden llevar al siguiente punto.
  • Barajar opciones: tenemos que encontrar una opción que nos vaya bien. Por lo que podemos darnos un tiempo para pensar en algunas alternativas o, si tenemos tiempo, dialogar e intercambiar posibles opciones en el momento.

Lo importante no es hacer un cambio radical, sino empezar con pequeñas modificaciones. Por ejemplo, la persona que nunca toma la iniciativa puede empezar a proponer un plan de fin de semana una vez al mes. Posteriormente, esto se irá incrementando. En lo que tenemos que fijarnos es en si pone de su parte y si lleva el acuerdo a la acción.

El cambio frustrado
Si la otra persona sigue manteniendo una actitud pasiva puede que esa sea su forma de ser. Por eso, por mucho que nos diga que va a cambiar y que «sí, la próxima vez lo propondré yo o seré más activa» esto no acabará sucediendo.

En estos casos, es importante comprender que esa persona no es como esperamos y que aunque intente contentarnos diciendo que va a poner todo de su parte para cambiar no será tan sencillo.

El artículo Terapia conductual integrativa de pareja: descripción general de un modelo con énfasis en la aceptación emocional explica muy bien este tipo de situaciones, muy comunes en las relaciones de pareja. De hecho, si tener la iniciativa es algo importante para nosotros, y esta situación va a hacer que estemos enfadados o que le recriminemos constantemente a la otra persona lo que no está haciendo, es fundamental reflexionar sobre la relación que tenemos y los valores que son importantes para nosotros.

La llamada interesada
Otro aspecto importante que no debemos pasar por alto y sobre el que tenemos que reflexionar es por qué mantenemos aquellas relaciones en las que tener la iniciativa no es algo abundante. Por ejemplo, aunque nosotros hemos propuesto quedar cuatro veces, la quinta ha sido esa persona. ¿Por qué se ha dado esa situación?

En el caso de que ese contacto, la mayoría de las veces, tenga que ver con, por ejemplo, ir a buscar un título en la Universidad, hacer una gestión en el banco o ir a un determinado lugar al que no quiere ir sola, debemos cuestionar si esa llamada o mensaje no es solo por simple interés. ¿Verdad que nosotros proponemos tomar un simple café, quedar para ir al cine o dar un paseo para hablar? Quizás sea el momento de «hacer limpieza» en nuestras relaciones.

Muchas veces tener la iniciativa es algo que sucede en algunos ámbitos, pero no en otros. Incluso, algunas personas no tienen la iniciativa en ningún ámbito de su vida. Si esto te frustra, te está agotando o te causa algún malestar, te animamos a que vuelvas a leer este artículo y reflexiones sobre él.

Asimismo, no dudes en acudir a un profesional que te dará las herramientas adecuadas para gestionar esta situación de la mejor manera para ti.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com