A veces no estoy para todos… porque yo también me hago falta

A veces no estoy para todos… porque yo también me hago falta

A veces no estoy para nadie porque también yo me hago falta, también necesito escucharme, remendar mis espacios rotos, limar mis esquinas afiladas. Por ello, si no contesto los mensajes o si pongo en silencio mi teléfono durante unas horas o unos días, no quiere decir que haya cerrado puertas al mundo, solo he ido de paseo conmigo mismo, con ese alguien que había largamente descuidado.

Resulta curioso cómo, casi sin darnos cuenta, acabamos dejándonos a nosotros mismos en la bandeja de «spam». Nos relegamos al cajón de asuntos pendientes, a la última página de nuestra agenda o a ese post-it amarillo fosforescente que acaba perdiéndose en el ajetreo natural de nuestro escritorio porque siempre hay una prioridad que lo adelanta y lo posterga.

«Hay tres cosas extremadamente duras: el acero, los diamantes y el conocerse a uno mismo”

–Benjamin Franklin-

Vivimos en una sociedad tremendamente demandante y competitiva, lo sabemos. Hay muchas cosas que hacer, y los días a veces pueden ser tan trepidantes como agotadores. Por si no fuera suficiente, a ello se le añaden los nuevos sistemas de comunicación, ahí donde el trato y las interacciones son constantes e inmediatas.

Vivimos organizados en diversos grupos de WhatsApp, siempre estamos localizables y en las pantallas de nuestros móviles siempre hay un mensaje que responder, correo que atender, fotos a la que poner un like y un etiquetado al que responder aunque no nos apetezca.

Es como vivir en un epicentro donde nuestra mirada hipermétrope es incapaz de ver aquello que tiene más cerca. Nuestros ojos cansados pueden leer las necesidades ajenas pero son incapaces ya de descifrar las propias… Todo parece borroso, todo se ha hecho un ovillo que se enclava ahí, en nuestro corazón y nuestra mente como si algo fallara, como si algo no fuera bien y no supiéramos qué es…

Has llegado al límite y todavía no lo sabes

Le haces falta a muchas personas, lo sabes. Cada día tienes diez montañas que encumbrar y decenas de obstáculos que sortear, y lo consigues, no hay duda. Sin embargo, nadie te da medallas por ello, casi nadie reconoce tus esfuerzos, tu dedicación o incluso todo lo que llegas a renunciar por quienes están a tu alrededor. Poco a poco, las cosas pierden su significado y las personas su sabor. El mundo ya no tiene música, ya no rima, ya no es ágil, y te acabas hundiendo en tus propias responsabilidades como la piedra que cae en un pozo sin fondo.

Estar para todos y para todo cada día y a cada instante, tiene una cuota de intereses secretamente elevada. Las señales de este proceso de estrés continuado en el tiempo puede muy bien derivar fácilmente en una depresión, por ello, debemos estar muy atentos a los síntomas:

  • Fatiga, un cansancio extremo que a veces no se recupera con el sueño o el descanso nocturno.
  • Dolores de cabeza, migrañas.
  • Dolor de espalda.
  • Malas digestiones.
  • Sensación de aburrimiento constante, la vida pierde casi todo nuestro interés.
  • Impaciencia e irritabilidad.
  • Frustración, comentarios cargados de cinismo, mal humor, apatía constante…

Por curioso que parezca, vivir en un entorno híper-estimulado e híper-demandante nos acaba narcortizando. Nos volvemos insensibles a las propias necesidades, extranjeros del propio corazón y vagabundos perdidos en esa isla de Circe donde uno ha olvidado por completo dónde está su hogar, dónde esa casa donde habita el propio ser.

Hoy no estoy para nadie, hoy me hago falta
Decir en voz alta «estos días no estoy para nadie, me hago falta a mí mismo» no es una falta de respeto. No se hace daño a nadie, no se descuida nada, el mundo seguirá girando y los ríos fluyendo. Sin embargo, acontecerá algo maravilloso: daremos paso a la sanación emocional, nos regalaremos tiempo, atención y un espacio propio donde refugiarnos.

Será como introducirnos en el hueco de un árbol para tomar contacto con nuestras raíces, ahí donde reencontrarnos casi en posición fetal, para nutrirnos y permitir que nuestras hojas, nuestras ramas, crezcan altas y más libres para rozar el cielo.

A continuación, te proponemos reflexionar en unas ideas que pueden ayudarte a lograrlo.

“Sólo nos convertimos en lo que somos a partir del rechazo total y profundo de aquello que los otros han hecho de nosotros”

– Jean-Paul Sartre-

Claves para tomar el control, para atenderte cuando te haces falta

En medio de esta vasta rutina en la que acabamos cautivos de las obligaciones propias y ajenas, debe quedar un espacio, un pequeño hueco confortable y especial que nos pertenezca a nosotros solos. Es como una cápsula de salvamento, como un bote salvavidas al que acudir cada vez que percibamos que hemos llegado al límite.

  • Cuando percibas que las presiones externas te están impidiendo ser tu mismo, párate y visualiza esa cápsula o ese bote salvavidas: súbete a él.
  • Es momento de trazar un plan de salvamento. Benjamin Franklin solía decir que «si en el día a día no tenemos un plan de supervivencia estamos condenados a navegar eternamente a la deriva».
  • Ese plan de supervivencia debe tener una meta y establecer qué es prioritario y qué secundario (hoy mi objetivo es cumplir con mi jornada laboral, mi meta es no estresarme y mi plan incluye tener dos horas para mí mismo. Quedar bien con mis compañeros de trabajo o familiares es hoy secundario).

Debemos tener muy claro por último, que habrá días en que la prioridad total y absoluta, seamos nosotros mismos. Dejarlo claro a quienes conforman nuestro contexto más próximo no es ningún acto de egoísmo.

Apagar el móvil, salir a caminar, a respirar y a cobijarnos con nuestros propios pensamientos es un acto de auténtica salud mental. Porque lo creamos o no, esos días en que nos hacemos falta son muchos, y atenderlos, poner nuestro nombre en la lista «prioridades», lejos de ser recomendable, es OBLIGATORIO.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Detrás del atracón: el hambre emocional

Detrás del atracón: el hambre emocional

Cuando comemos de forma impulsiva, lo que buscamos llenar no es nuestro estómago, sino el anhelo del cariño que nos faltó en la infancia. ¿Cómo aprender a amar y nutrir nuestro cuerpo?

Dado que al nacer dependemos totalmente de los cuidados maternos para nuestra supervivencia, esperaremos estar completamente envueltos, tocados, acariciados y protegidos por un cuerpo caliente que nos ampare. Cuando eso no acontece, sentimos que nuestro entorno es hostil: no somos amados en la medida de nuestras expectativas.

Según cómo hayan sido esas sensaciones de cobijo, amparo, distancia afectiva o soledad, vamos incorporando las vivencias a través de la experiencia corporal.

Planteado así, será posible comprender la relación con nuestro propio cuerpo desde una mirada global y realista, porque el vínculo con nuestro cuerpo comenzó apenas nacimos, tengamos recuerdos de ello o no.

La sensación de ser amados o rechazados nada más nacer se hace palpable en nuestro cuerpo, positiva o negativamente. Así pues, unas primeras experiencias corporales confortables nos permiten una buena relación con el entorno, pero también con nosotras mismas a través de nuestro cuerpo, que es el campo de proyección inmediato de todas nuestras vivencias internas.

¿Cómo te llevas con tu cuerpo?

Aquello que nos ha acontecido durante nuestra primera infancia es lo que más se parece al confort, aunque objetivamente no haya sido placentero. Por eso, si el anhelo de contacto corporal nos ha hecho sufrir –justamente por falta de contacto con el cuerpo de nuestra madre–, esa experiencia hoy se traduce en la distancia concreta entre nosotras y nuestro cuerpo.

En este punto, subirse al carro de una moda de cuerpos extremadamente delgados hasta desaparecer también nos conviene. No solo porque respondemos a deseos ajenos –dinámica a la que ya estamos muy acostumbradas– sino porque “desaparecer” para que no duela es, además, una opción probada y confortable.

Creemos que para ser amadas, deberíamos ser una persona distinta de la que somos. Se actualiza el desprecio –vivido durante nuestra niñez– al no haber sido acogidas ni abrazadas con intensidad por el solo hecho de haber sido quienes éramos: niñas reales con necesidades reales y legítimas.

Por lo tanto, eso que somos nunca estará a la altura de las supuestas expectativas ajenas: daremos importancia a las imperfecciones del orden que sean, a las arrugas, a los kilos de más o de menos, a la piel, a los ojos, al cabello… En fin, la lista será interminable porque fantaseamos con que –si hubiéramos coincidido con un ideal externo– hubiéramos recibido el amor tan anhelado.

El único propósito es sufrir lo menos posible. Para ello hemos decidido pagar el precio de no ser dueñas de nuestro cuerpo, sino que se lo hemos regalado a quien quiera mirarlo.

En caso de ser madres, observemos si somos capaces de responder a las demandas de los niños pequeños o si huimos de los compromisos relativos a la disponibilidad corporal. Estas pequeñas reacciones están ligadas al modo en que vivimos nuestro propio cuerpo, ya sea con fluidez en el contacto o bien con distancia y dolor.

La comida como sustituto del alimento emocional

Es frecuente también que la comida se haya constituido en una sustancia de llenado afectivo, a falta de la cercanía emocional materna que hubiéramos necesitado.

  • Una manera automática de llenar ese vacío es a través del impulso por comer más de la cuenta que aparece cuando nos sentimos mínimamente despreciadas, humilladas o no vistas. A veces basta un pequeño desencadenante para que la sensación de vacío o invisibilidad active la alarma. En general sucede cuando nadie nos ve. Este acto nos anestesia, es decir, tenemos la sensación que hay un yo externo que actúa. Luego hay un yo interno que mira sin poder hacer nada. Por eso la comida se adueña de la escena.
  • La sensación posterior de derrota es enorme. Es similar a la derrota en el vínculo con nuestra madre, porque hemos quedado a merced de su distancia. En ese momento, el trozo de comida tiene un poder abrumador. Tanto como el que le hemos otorgado desde que fuimos niñas a nuestra madre, cuando obviamente no teníamos edad ni madurez psíquica suficiente para rechazar la única entidad nutricia que conocíamos.
  • Después nos sentimos las personas más detestables del mundo. Con razón nadie (mamá) nos quiere. Sabemos que hemos sido poseídas por una fuerza externa y no hemos tenido fuerza para decir que no. Una vez más han hecho con nosotros lo que han querido y en ese torbellino de deseos ajenos hemos dejado de existir.
  • Luego, la reacción más frecuente es el aislamiento. Y si nos quedamos solas, el vacío y la soledad aumentarán nuestra necesidad de llenado y lo que tendremos a mano será más comida. El circuito queda establecido.

Recuperar el amor propio

La mejor manera para decidir si deseamos comer un alimento o no es estando con alguien cariñoso y cercano. Los atracones son la confirmación de la soledad que nos abruma.

En cambio, cuando logramos fluir en un vínculo amoroso, dejamos de estar desesperadas. Sepamos que la batalla no es contra el alimento, sino contra el anhelo de haber sido amadas. Ahora somos adultas y nuestra madre real ya no importa. Lo que importa es la conciencia que tenemos sobre nuestras experiencias pasadas y la posibilidad de ingresar en vínculos actuales placenteros.

A fin de cuentas, estamos abordando la real y desesperada necesidad de cariño. Todo lo demás es un malentendido.

Está claro que quienes estemos más desposeídas de nuestro propio cuerpo seremos más vulnerables a las imposiciones sociales. El apuro por agradar y por ser valiosas en la medida que el otro nos acepte nos deja sin cuerpo, sin alma, sin rumbo. Solo nosotras mismas podremos decidir ser esta persona que somos y este cuerpo maravilloso y perfecto que poseemos.

Fuente: cuerpomente.com

Un mal trabajo ‘quema’ su salud a los 40 años

Un mal trabajo ‘quema’ su salud a los 40 años

Un estudio en EEUU muestra que las personas que de forma continuada desempeñan un trabajo que les desagrada presentan un mayor índice de problemas mentales, como depresiones y problemas de sueño
Pasamos entre ocho y 10 años enteros de nuestra vida en el trabajo. La cifra es el resultado de sumar todas las horas que dedicamos a nuestra actividad laboral hasta la jubilación y aunque, naturalmente, variará según la persona, el empleo, su carrera y el país, la cifra pone de manifiesto la importancia que puede llegar a tener el trabajo en nuestra vida. Las vacaciones son un buen momento para hacer balance de nuestra carrera, descansar y afrontar el nuevo curso con energías renovadas. Pero, si es probable que incluso a aquellos que les gusta su trabajo les cueste regresar, para las personas que están hartas de él la perspectiva de volver puede convertirse en una auténtica pesadilla que, además, pasa factura a su salud.

Así lo asegura un estudio que ha medido desde 1979 el impacto de la actividad laboral en la salud de 6.442 ciudadanos de EEUU. El trabajo, presentado esta semana en Seattle, durante el Congreso de la Asociación de Sociología Americana, muestra que desempeñar un trabajo que no nos gusta de forma continuada causa problemas mentales y, en menor medida, físicos.

Las consecuencias en la salud de las personas que desde jóvenes han tenido un empleo poco satisfactorio se notan ya al cumplir los 40. «No hay que estar cerca del final de tu carrera para sufrir el impacto de la insatisfacción laboral en la salud, en particular en la salud mental», explica Hui Zheng, profesor de Sociología en la Universidad del Estado de Ohio y coautor del artículo.

Efecto acumulativo

Para hacer el estudio, utilizaron datos de adultos que habían participado en la Encuesta Nacional de la Juventud de 1979, que siguió su trayectoria profesional durante años. Cuando comenzó el estudio tenían entre 14 y 22 años. Años después se midió su satisfacción por sus trayectorias profesionales. Les pidieron que evaluaran del 1 al 4 cuánto les gustaba su trabajo. En función de sus respuestas los agruparon en cuatro grupos: a los que les gustaba (15%), a los que no (45%), aquellos que al principio disfrutaban pero con los años dejó de gustarles (23%) y aquellos que al principio no les gustaba pero fueron mejorando (17%). Después de que los participantes cumplieran los 40 se evaluaron distintos parámetros de su salud.

Las personas que aseguraron no estar contentas con su empleo obtuvieron una peor valoración en todos los aspectos de salud mental evaluados. Así, presentaban mayores niveles de depresión, problemas para dormir, se mostraban más preocupados, tenían mayor tendencia a que les diagnosticaran problemas emocionales y obtenían un peor resultado en el test de salud mental global.

Más resfriados y dolores de espalda

Aunque los efectos en la salud física fueron menos llamativos, el grupo de insatisfechos con su trabajo y los que habían ido empeorando su valoración sufrían con más frecuencia dolores de espalda y resfriados que los miembros de los otros grupos. «Descubrimos que hay un efecto acumulativo que se manifiesta en la salud muy pronto, durante la cuarentena», apunta Jonathan Dirlam, investigador del mismo centro y autor principal del estudio. Zheng, por su parte, subraya que «los altos niveles de problemas mentales que presentaban podrían ser precursores de futuros problemas físicos. La ansiedad y la depresión pueden dar lugar, entre otros, a problemas cardiovasculares cuando sean más mayores».

La buena noticia es que aquellos que empezaron su carrera con un trabajo poco gratificante pero fueron mejorando no presentaron los problemas de salud asociados a una baja satisfacción laboral.

«El efecto acumulativo es clave», explica Jesús de la Gándara Martín, jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial de la Universidad de Burgos. Este especialista, que ha escrito varios libros sobre el denominado síndrome de estar quemado [burnout en inglés], lleva años tratando a pacientes que lo sufren.

«La pérdida de calidad en el trabajo es progresiva en las personas que se sienten quemadas. Hay diferentes estadios o niveles que van dando lugar a problemas de salud mental, física y de salud social, porque también afecta a las relaciones que mantiene con otras personas, con sus familias y al interés por desarrollar sus hobbies u otras actividades personales. Si la situación no mejora, puede dar lugar a infartos, hipertensión, depresiones, ansiedad, insomnio, consumo de sustancias y, con frecuencia, abandono de la profesión», enumera en conversación telefónica.

Los profesionales que deben tratar con el público, como aquellos que trabajan en el sector de la salud, la educación, la hostelería o el comercio, son los más vulnerables a sufrir burnout, según De la Gándara.

El estudio en EEUU concluyó antes del inicio de la crisis económica que comenzó en 2008 y que, según apunta Zheng, «seguramente ha aumentado la insatisfacción laboral y la inseguridad laboral, lo que podría haberse traducido en más efectos negativos para la salud». Jesús de la Gándara ha experimentado el impacto de la crisis en su centro: «No dispongo de cifras concretas, pero mi impresión es que más que aumentar el número de personas que vienen a la clínica, ha cambiado el modelo. Antes de la crisis la gente se quejaba de su trabajo pero no solía consultar con un especialista. Ahora nos llegan personas que están tan mal que vienen al psiquiatra, autónomos o profesionales que trabajan en muy malas condiciones».

Según la Encuesta de Calidad de Vidad Trabajo del INE del año 2010 (la última realizada), el 50% de los encuestados declaraba sentirse satisfecho con su trabajo y un 24,1% muy satisfecho, mientras que el 21,9% afirmaba estar insatisfecho y el 3,7% muy insatisfecho.

Precariedad del empleo juvenil

Para Zheng, su estudio muestra la importancia del tipo de empleo que desarrollan los jóvenes, una reflexión que comparte De la Gándara y que traslada a España, donde el alto índice de paro les obliga a menudo a aceptar empleos precarios. «Hay que distinguir entre trabajo y profesión. Muchos jóvenes están preparados profesionalmente, pero sólo trabajan y, a veces, en condiciones de verdadera esclavitud. Cada vez se sienten menos implicados y eso va a tener consecuencias desastrosas en el futuro».

Según el psiquiatra, el problema no se resuelve «aumentando el sueldo o las vacaciones, sino dando importancia y significado a lo que las personas hacen. Es muy importante que la gente se sienta identificada con lo que hacen, que cuando salen del trabajo puedan hablar de ello de forma positiva».

De la Gándara y sus colegas han desarrollado el Cuestionario Urgente de Burnout (C.U.B.O) para evaluar si se sufre este problema (puede verlo al final del artículo). Para los que se identifiquen con los síntomas pero cambiar de empleo no sea una opción, el psiquiatra ofrece algunas recomendaciones: dar importancia a la formación profesional e identificar cosas que se quieren aprender; corregir el lenguaje negativo; poner límite al trabajo y evitar que invada la esfera privada; cuidar el lugar de trabajo para que resulte agradable; participar en actividades profesionales colectivas o cuidar la relación con familiares y amigos.

¿SUFRE ‘BURNOUT’?

Responda a este cuestionario desarrollado por Jesús J. de la Gándara y Ramón G. Correales, del Complejo Asistencial de la Universidad de Burgos, puntuando del cero al cinco cada pregunta y después sumando las cifras de cada una de ellas.

CERO. Nunca me ha ocurrido. / UNO. Rara vez me sucede. / DOS. Me sucede a veces, algunos días. / TRES. Me sucede con frecuencia. / CUATRO. Me sucede muy a menudo, muchos días. / CINCO. Me sucede casi siempre, es raro que algún día no me ocurra.

  1. Sólo de pensar en el trabajo que me espera, me siento cansad@ y creo que no voy a poder con ello.
  2. El trabajo diario me agota tanto que después no me siento con ganas de hacer nada más.
  3. Cuando pienso en cómo está mi profesión, creo que me he equivocado al elegirla (¡No se la recomendaría a mi hij@!).
  4. Tengo la sensación de que mi trabajo no se valora, que no se reconoce ni estima lo que hago.
  5. Me siento tan tens@ o nervios@ que he tenido que tomar algo (tranquilizantes, alcohol…) para relajarme, dormir o poder ir a trabajar.
  6. Me siento presionad@ y por l@s clientes, me da miedo enfrentarme a ell@s y a menudo me pongo a la defensiva.

Propuestas de corrección del cuestionario

0 puntos: Prácticamente imposible, esto no le sucede a casi nadie.

1-6: No tiene Burnout, le puede pasar a cualquiera, pero no debería descuidarse

7-12: No tiene Burnout, pero está a punto de tenerlo, tome precauciones.

13-18: Sufre Burnout, aunque todavía no es grave, haga algo para resolverlo.

19-24: Sufre Burnout grave, si no hace nada acabará con complicaciones de salud.

Más de 24: Ya sufre complicaciones del Burnout, está enferm@, pida ayuda a su médico.

Fuente: elmundo.es

La Operación Bikini no funciona: mitos sobre la pérdida de peso rápida

La Operación Bikini no funciona: mitos sobre la pérdida de peso rápida

por Alfonso Méndez, Psicólogo Especialista en Psiconutrición

El otro día en Twitter se abrió un hilo de debate para intercambiar opiniones sobre los malogrados efectos de lo que se denomina “Operación Bikini“.

Hubo personas incluso que malinterpretaron la intención y se apuntaron al carro de twittear y promocionar, bajo el hashtag #operaciónbikini, toda una serie de productos propios o procesos para la pérdida rápida de peso. Vaya la que les cayó.

Y es que todos los veranos se repite la misma canción, como si fuese un éxito musical. Aparecen nuevos productos que prometen lo que los anteriores, mejorando alguna cualidad y ofreciendo ventajas sobre sus antecesores.

Ya he escrito mucho sobre esto pero no está de más recordar algunos aspectos importantes.

El primer concepto que quiero señalar es que todos los cambios que se producen en el cuerpo humano están basados en procesos fisiológicos, y las leyes físicas explican muchos de dichos procesos. Las leyes de la termodinámica explican como se gestiona el gasto de energía por parte de nuestro organismo. Lo explico en este post, así como las posibles y muy probables consecuencias fisiológicas y psicológicas sufridas por el seguimiento de dietas restrictivas tan asociadas a la llamada Operación Bikini.

Muchos profesionales reconocidos del mundo de la nutrición en nuestro país, tienen una visión muy objetiva e igual de desalentadora sobre la utilidad y eficacia de dichos procesos para generar la mayor perdida de peso en el menor tiempo posible.

Y es que el planteamiento que podemos ofrecer para rebatir tales promesas es que no se puede perder, hablando de peso, en pocas semanas lo que vamos acumulando durante todo el año. Las cosas no funcionan así. Fisiológicamente, la operación bikini estaría superando los límites de nuestro cuerpo, y esto conlleva consecuencias nefastas para nuestra salud.

Me falta el dato exacto en cifras pero sí puedo afirmar que en los últimos años está viéndose incrementado el número de ingresos en urgencias hospitalarias, de personas con fallos renales y hepáticos a consecuencia, muy probablemente, del seguimiento de dietas que prometen bajadas de peso en muy poco tiempo.

El fracaso de este tipo de procesos es que solo atienden al peso, dejando de lado la salud de las personas.

Mejorar nuestro peso corporal tiene que convertirse en un objetivo instaurado en toda nuestra línea de vida, no solo en temporadas específicas como con la operación bikini.

La pérdida de peso tiene que llevar asociados una serie de cambios relacionados con nuestra dieta, con nuestra actividad física y como no, con nuestro interior emocional que nos condiciona a premiarnos y a veces a castigarnos, con la comida.

¿Qué ocurre en nuestro entorno donde cada vz más, se nos empuja hacia unos ideales de belleza demasiado exigentes que nos empuja a la Operación Bikini?

La industria de la moda, que se sostiene dentro de un sistema consumista, nos genera constantemente sentimientos de frustración.

Es una forma de sometimiento, sobre todo hacia la mujer, donde los ideales de belleza nos abruman. El mensaje que nos lanza es que si no consigues entrar en una determinada talla, si no sales arreglada a la calle o no luces lo último en maquillaje, no vas a ser admirada o deseada.

operación bikini perder pesoY claro, bajo esta premisa, la Operación Bikini comienza a cobrar sentido.

Muchas personas se preguntarán, ahora que comienza el buen tiempo y se disfruta más de las actividades al aire libre, donde se sale a la calle con menos ropa , ¿qué puedo hacer yo para encajar en los ideales de belleza, y por ende, ser más deseado/a?

Pues debido a que somos una sociedad cortoplacista, porque se nos educa así, vamos buscando la fórmula rápida y exitosa. ¿Para qué tengo que esforzarme si puedo lograr lo mismo pero más rápido y sin esfuerzo? ¿De verdad pensáis que se puede lograr algo en la vida sin esforzarse?

Lo único que se puede hacer es trabajar, sacrificarse y esforzarse en lo que realmente depende de nosotros. Esa es una pregunta que todos deberíamos hacernos de vez en cuando, ¿realmente depende de mi lo que quiero lograr? Si la respuesta es afirmativa, adelante, id a por vuestro objetivo con todas vuestras ganas y empeño, pero en cambio si la respuesta se contesta con un “no”, os recomiendo no gastar muchas energías (ni dinero) en ello.

Y volviendo al asunto de la pérdida de peso de forma saludable, hace tiempo también escribí sobre una serie de recomendaciones para afrontar una perdida de peso con garantías.

Hoy quiero recordarlas porque la causa obliga a ello.

  1. No fijarse nunca en los kilos que queremos perder como meta final. Establecer pequeñas submetas con periodos más cortos de tiempo. Si estamos pendientes de nuestro objetivo final, corremos el riesgo de quedarnos en el camino.
  2. Valorar al final de cada día o de cada periodo (submeta) lo que hemos conseguido y el esfuerzo que hemos realizado para obtenerlo. Es muy importante que nos sepamos reforzar nosotros mismos los pequeños logros que vamos consiguiendo.
  3. Hacernos conscientes de que si la gente que nos rodea y nos aprecia, prefiere vernos más delgados/as o más felices. A veces perdemos de vista lo que realmente nos importa y estamos mas pendientes de lo que les importa al resto de personas. Mientras estemos pendientes de lo que creamos que los demás puedan estar pensando, dejaremos de estar pendientes de lo que están pensando.
  4. Aceptar que los kilos que marca la báscula es solo una parte de nosotros pero no somos “todo” nosotros. Nosotros somos mucho más que lo que marca la báscula. Es una batalla diaria en la cuál muchas veces mi ánimo y mis actitudes van a estar marcadas por lo que nos dice la báscula. ¿De verdad pensáis que un número tiene tanto poder sobre nosotros?
  5. Entender que si nuestro sobrepeso es la consecuencia de unos malos hábitos mantenidos durante mucho tiempo, estos pueden corregirse. Actualmente hay profesionales que nos ayudan a modificar nuestro comportamiento. Solo hay que confiar en un buen profesional y dejarse ayudar.
  6. Mentalizarse y tomarse este trabajo como un aprendizaje a largo plazo que nos aportará otra manera de relacionarnos con la comida. La comida tiene una función, que es la de alimentarnos. No podemos utilizar la comida como premio o castigo.
  7. Huir de los productos, dietas o sistemas que prometen resultados inmediatos y a corto plazo sin esfuerzo. No existe cambio sin sacrificio. No existe lo fácil, lo rápido ni lo milagroso.
  8. No tengáis miedo de que no vamos a ser capaces de cambiar cosas. Lo que se repite se aprende y el cerebro responde a esta disciplina. Tan solo tenemos que conocer nuestros límites, ser realistas con la situación, y una vez aceptada, trabajar para modificar lo que depende de nosotros.
  9. Y para finalizar, necesitamos hacernos conscientes de la manipulación publicitaria con fines puramente económicos. Como ya he indicado en alguna ocasión, la industria no está para hacernos mas guapos o más delgados, está para ganar dinero.

Fuente: centta.es

Cómo trabajar la rabia con arteterapia

Cómo trabajar la rabia con arteterapia

por Cristina Ramos, Psicopedagoga y Arteterapeuta.

Trabajar la rabia en sesiones de Arteterapia es una demanda que tienen muchos pacientes en la consulta. Cada vez más, y a medida que avanzamos en la alfabetización emocional, es decir, en el reconocimiento de las propias emociones, las personas se dan cuenta de la necesidad que tienen de elaborar estos sentimientos. Algunas personas tienden a ocultar los sentimientos de irritación o cólera, ya que socialmente no es aceptado, especialmente en las mujeres.

En la consulta es común escuchar a pacientes decir que cuando se enfadan intentan mirar para otro lado, que han aprendido a callarse o directamente, que se tragan la rabia, pero ¿Podemos hacer desaparecer una emoción tan movilizadora e intensa como la rabia? ¿Es posible dejar de sentir algo por muy poco deseable que sea? La respuesta es negativa.

Al igual que el resto de emociones primarias, la ira es una emoción cuya principal función es la adaptativa, esto significa que si la experimentamos es porque nos ayuda a sobrevivir y más aún, a adaptarnos al medio al que formamos parte. Una de las funciones principales de la ira es la infusión de energía renovada que facilita la defensa y permite a las personas la conseguir las metas deseadas. A menudo, es necesario contactar con la rabia y el enfado tras una experiencia frustrante, para poder poner en marcha acciones de cambio que nos generen bienestar. Por ello, es importante poder contactar con esta emoción, preferiblemente de manera controlada y acompañados, ya que, experimentar ira, puede inclinar a la agresividad, aunque no conduce a ella forzosamente.

Según Francisco Javier Dominguez Sánchez, profesor de Psicología de la UNED, La ira es el sentimiento que emerge cuando la persona se ve sometida a situaciones que le producen frustración o que resultan aversivas. Se plantea como un proceso reanimador que acelera a la acción interrumpiendo los procesos cognitivos que se hallan en curso, centrando la atención y la expresión de afectos negativos en el agente que la instiga y actuando corno defensa en situaciones que comprometen la integridad física o la autoimagen y la propia estima. (Dominguez, 2010 , pág. 317)

Contactar con la ira puede llevarnos a actuar sobre aquello que nos causa la emoción, pero también sobre el control de la propia emoción, permitiéndonos hacer una gestión más saludable en cada contacto.

La creación desde la rabia es de gran potencial ya que es una de las emociones que produce mayor nivel de activación fisiológica y por tanto más movilizadora, las sensaciones que experimentamos en el organismo son: desagrado, estado de alta activación o una conducta poco reflexiva. El tono muscular es más elevado, se incrementa el ritmo respiratorio y la presión sanguínea. Las obras de arte que se producen desde la rabia permiten la representación mediante figuras y formas, texturas de mayor intensidad, favoreciendo la posterior relajación lo que nos lleva a adquirir mayor conciencia de la alteración que hemos experimentado y por tanto permite la reflexión de lo vivido si se hace en un entorno destinado a ello.

Cuando las personas crean desde la ira, tienen la oportunidad de vislumbrar aspectos de su personalidad que a menudo están contenidos o acallados, o que por el contrario, se escapan de manera incontrolada, impidiendo la toma de conciencia sobre las causas que la generan.

Una buena intervención arteterapéutica para elaborar los sentimientos de enfado o frustración es a través del trabajo con la rabia. Al ofrecer a las personas un espacio para liberar su rabia, estamos acogiéndolas en toda su complejidad, permitiendo la integración de los aspectos más enredados de su psiquismo, favoreciendo la reconciliación con las sombras para poder definir la escala de grises.

Trabajar la rabia desde arteterapiaFrecuentemente las personas necesitan acompañamiento y guía para poder acercarse a esta emoción ya que hacerlo de una manera no controlada puede generar mucho malestar y en ocasiones ser contraproducente. Por ello hay que establecer límites seguros y definidos, especificar lo que vamos a hacer y lo que no debemos hacer en el espacio de manera muy clara y firme. Así mismo, nuestra presencia durante el proceso es fundamental para ayudar a la persona a afrontar el presente y evitar que se queden instaurados en la vivencia de experiencias pasadas.

Las técnicas que empleemos deben ser de iconicidad mínima y es recomendable apostar por materiales que favorezcan la estimulación sensorial. En personas que han vivenciado experiencias traumáticas el trabajo con imágenes puede ser muy confrontador y debemos valorar si nuestros pacientes están preparados para un acercamiento tan directo.

El uso de materiales efímeros como la arena, la arcilla o incluso e agua, puede permitir una experiencia movilizadora pero que no deja una huella demasiado encarnada, permitiendo a la persona contactar con el presente tras haber liberado la intensidad necesaria a menudo encerrada en el inconsciente.

Elaborar la rabia con arteterapia puede ayudar a las personas a ser más conscientes de su potencial de cambio y así permitir la puesta en marcha de estrategias de resolución de aquellos conflictos que impiden disfrutar de una mayor salud y bienestar.

Fuente: centta.es