Estilos de apego y relación de pareja

Estilos de apego y relación de pareja

Por: Estela Buendía Iglesias

¿Alguna vez te has lamentado de tu mala suerte en el amor? ¿Crees que escoges mal a tus parejas? Y aún percatándote del mal atino con el que lanza las flechas ¿Sigues haciendo diana con el mismo tipo de personas? ¿Por qué tendemos a implicamos en el mismo tipo de relaciones?

La manera de estar en una relación amorosa no se improvisa, no parte de un kilómetro cero. Según los teóricos del apego, nuestra manera de estar en las relaciones amorosas depende de nuestra experiencia, desde la infancia y a lo largo de toda la vida, siendo especialmente importante la referida a la sexualidad y a los afectos de apego y amistad.

En estas experiencias aprendemos a confiar y desconfiar de lo que pueden dar de sí las relaciones, a intimar o permanecer emocionalmente aislados, a cuidar y ser cuidados o a no ofrecer ni esperar los cuidados de los demás .

Qué es el apego
El apego es el vínculo afectivo más primario. Lo establecen los bebes durante el primer año de vida con la persona que les cuida, con uno o varios cuidadores. Salvo situaciones muy extremas, mantienen el apego hacia estas personas durante toda la vida. Incluso cuando éstas mueren, pueden seguir siendo figuras muy importantes.

Las figuras de apego son las personas que más influyen en la socialización de niñas y niños. De éstas se aprende el lenguaje de la intimidad que precisamente usamos en las relaciones de pareja.

Además, a través del apego cubrimos nuestra necesidad de seguridad emocional, lo que incluye aceptación, estima, afecto y cuidados eficaces. Una necesidad tan importante como la del alimento, para nuestra correcta subsistencia.

La capacidad de establecer nuevos vínculos de apego permanece abierta toda la vida. El apego es un vínculo generoso: cuanto mejor este vinculado el niño al padre y/o a la madre, más probable es que se vincule a otras personas.

El desarrollo y crecimiento del individuo hace que los vínculos y figuras de apego cambien. Hazan y Zeifman afirman que la función del apego en la adultez sigue consistiendo en proporcionar apoyo y seguridad.

Sin embargo Weiss añade que esa seguridad se otorga “potenciando las capacidades de la propia persona para superar las situaciones que supongan un reto para su seguridad”, en lugar de protegiendo. La figura de apego suele ser la pareja, y los padres o la familia nuclear pasan a tener una posición secundaria.

Apego en la infancia
En función de cómo establezca la niña o el niño el vínculo con su cuidador, hablaremos de tres tipos de apego fundamentales:

Apego seguro
Estos niños han aprendido que sus cuidadores (al menos uno de ellos) les son incondicionales. Los quieres, valoran y cuidan eficazmente. Saben que estas figuras están presentes o disponibles siempre que las necesitan.

El origen de este apego está en el éxito en la relación entre los cuidadores y el niño, en la intimidad lograda, en la disponibilidad y accesibilidad de los cuidadores, en la respuesta pronta, afectiva y eficaz a las demandas del niño, y en la coherencia de las relaciones. Es así como aprenden a sentirse seguros y queridos, confiar en los demás y saberse valiosos.

Apego ansioso-ambivalente
Son niños que establecen un patrón de inseguridad o duda en la relación. No consiguen estar seguros de la incondicionalidad de las figuras de apego (por eso necesitan mucha aprobación, que les demuestren una y otra vez que les quieren), de su disponibilidad o accesibilidad (por eso no aceptan las separaciones), de su cariño de la valoración que hacen de ellos, y por ultimo, de su eficacia.

El miedo al abandono, a no recibir respuesta o que ésta sea insuficiente, la duda de cómo les valoran sus cuidadores, está presente. Las causas pueden ser diversas, como la incoherencia en la conducta de los cuidadores, el chantaje emocional como forma de disciplina, la propia inestabilidad en las relaciones entre los padres, etc.

Apego Evitativo
Los niños que han desarrollado este apego han aprendido que no pueden contar con sus figuras de apego. No los quieren, ni valoran ni tienen capacidad para ayudarlos. Han aprendido a no expresar ni entender las emociones de los demás, a evitar el contacto emocional que siempre les fue frustrante. Acaban formando una especie de coraza invisible, que les lleva a rechazar la intimidad y a comportarse como si no les importaran los demás.

Construyen una aparente autonomía que no es tal, sino que se trata de un conjunto de estrategias aprendidas para sufrir lo menos posible. Las causas son el rechazo emocional de los cuidadores, la falta de respuesta a sus demandas, la falta de interacción íntima, la interacción fría y distante, la falta de disponibilidad y accesibilidad, la ineficacia ante las ayudas que ha necesitado, la minusvaloración, etc.

Estilos amorosos
El apego tiende a mantenerse estable a lo largo de toda la vida. Combinado con nuestras experiencias en las relaciones de amistad y amorosas, contribuye a establecer nuestro apego en la edad adulta.

Las personas con un estilo de apego seguro están más capacitadas para organizar bien su vida emocional, afectiva y social con o sin pareja estable. Suelen tener una autoestima positiva, más estabilidad emocional en comparación a otros estilos de apego, y mayor optimismo vital.

Son Naranjas Enteras, dispuestas a rodar por la vida con otras personas, a intimar y comprometerse con ellas de manera firme y estable en una relación de pareja, pero tienen también mayor capacidad para vivir sin pareja, mayor capacidad para estar solas.

A aquellas con un apego ambivalente, les resulta más difícil construir su autonomía. Son personas inseguras que dudan de su valía y es más probable que sufran de ansiedad. Están tan necesitadas de las demás que les cuesta estar solas. Tienden a verse como Medias Naranjas que inexorablemente necesitan ser completadas.

Una vez establecida la relación de pareja, presentan cambios emocionales, contradicciones o ambivalencias. Es frecuente que les asalten miedos y dudas con respecto al otro o a la relación. Necesitan aprobación y confirmaciones continuas, así como comunicaciones frecuentes.

Los adultos con estilo evitativo presentan miedo a la intimidad. Piensan que las relaciones íntimas dan problemas, por lo más inteligente es evitarlas. Suelen insistir en las ventajas de no estar emparejado. Si llegan a establecer una relación, tienden evitar que en ella haya fuertes emociones positivas o negativas. La contención, el control y hasta la frialdad emocional es su forma de evitar la intimidad.

Relaciones de pareja
A pesar de las similitudes entre el apego en la infancia y la edad adulta, hay una diferencia importante: El vínculo entre dos adultos debe ser simétrico. Cada persona ejerce de figura de apego para la otra de la misma manera que recibe los cuidados de la otra.

Esperamos que después de todo lo dicho, no sigas pensando que tienes mala suerte en el amor. En su lugar, te invitamos a que reflexiones sobre:

En qué te basas a la hora de escoger pareja.

Qué tipo de compañera o compañero buscas y cuál has encontrado.

Qué compañero o compañera quieres ser.

Responde a estas preguntas, reflexiona sobre tu estilo de apego y el de tu pareja (actual o el de tu ex), y márcate objetivos para conseguir una relación de pareja satisfactoria.

Fuente: psicopedia.org

Ser vulnerable es mi forma de combatir el sistema

Ser vulnerable es mi forma de combatir el sistema

Debo ser valiente para permitirme llorar, pedir que me cuiden y mostrarme tal y como soy. Exponernos y valorar lo que sentimos es un maravilloso camino.

Mostrarse vulnerable es un acto de valentía en un mundo que pone las emociones (por venir necesitando de cuidados) en un segundo plano y la productividad en el primero.

Y es que, desde los feminismos (al menos desde la cara al público que se hace más famosa, o desde las corrientes hegemónicas); incluso desde el activismo por la salud mental, a veces me da la impresión de que se reivindica que debemos ser fuertes bajo cualquier circunstancia.

Pues no. Tengo derecho a resbalar. Incluso a caer. Tengo derecho a llorar hasta inundar mi habitación entera. Y a que me duela todo lo que te puede doler porque me han hecho daño, también. Porque he sido tan, tan valiente que me he abierto a alguien que ha decidido luego aprovecharse de esa confianza para herirme. Pero mi valentía no me la quita nadie.

Y claro que somos fuertes, las personas que atravesamos etapas más o menos crónicas de sufrimiento psicológico en general y las mujeres que lo hacemos en particular.

Y claro que somos fuertes. Convivimos diariamente con impulsos suicidas mientras nos gritan guarradas por la calle. Mientras nos violan sistemáticamente nuestras propias parejas. Mientras nos venden tallas diminutas y nos bombardean con anuncios que fomentan un canon de belleza que se está llevando demasiadas vidas por delante.

Y claro que somos fuertes. Nos dan ataques de ansiedad, hiperventilamos, rompemos a llorar. Los delirios persecutorios nos persiguen, y qué decir de sus amigas las paranoias. A veces, incluso alucinaciones y mil “síntomas” más que van desde los denominados “trastornos de personalidad” hasta el estrés post-traumático.

Y mientras tanto, somos mujeres. Algunas limpian, crían, cuidan, educan. Otras estudiamos. Otras trabajan. Muchas, todo a la vez. Muchas, aguantando violencias más o menos sutiles, más o menos directas que atentan contra nuestros cuerpos y espíritus en nuestro día a día.

Pero yo creo que de lo más importante que he aprendido de ser mujer en un mundo de hombres, de sentir de forma diferente en un mundo en que impera la norma sobre la forma en que “nuestros cerebros deben funcionar” (sobre la forma en que debemos sentir); ha sido que en la emotividad reside muchísima fuerza. Que el cariño, la compasión, la comprensión son claves para construir otro mundo que no nos asesine por activa y por pasiva.

Porque sí, quiero un mundo en que los hombres sean capaces de exteriorizar las emociones asociadas a la mujer sin ser tildados de “nenazas” en otro claro ejemplo de machismo; pero sobre todo, quiero un mundo en que no haga falta parecerse al modelo de hombre que nos han vendido, que nos han inculcado para que se reconozca nuestra fortaleza. Nuestra resistencia. Nuestra resiliencia.

Y para empoderarnos, está claro que tenemos que permitirnos a nosotras mismas (y sobre todo la sociedad en general debe permitirnos) acceder a algunos de los roles asociados a los hombres como pueden ser la asertividad o la defensa propia.

Pero al final del día, no basta con gritar más alto y saber cinco llaves de artes marciales; como reflexionaba hace poco, es tan importante la labor de la mujer que te defiende físicamente del hombre anónimo que te agrede sexualmente en una fiesta como la de la que te consuela después y seca tus lágrimas y acuna tu pena y tu rabia.

¿Que qué tiene que ver esto con la salud mental? Pues mucho. Porque parece que vivimos todos convencidos de que estar triste es “malo” (y eso daría para diez artículos más).

Cuando estar triste es natural, es un proceso vital más, y por supuesto que puede ser peligroso y hasta nocivo si se alarga en el tiempo y se gestiona de formas insanas y dañinas; pero suprimir la tristeza, no permitirnos llorar, obligarnos a “endurecernos” como si estuviéramos hechas de cemento cuando el cuerpo humano se compone en un 70% de agua es una forma más de auto-engañarnos y dejarnos engañar por el resto.

Seamos sinceras: todas estamos tristes, al menos, a veces. Todas tenemos ganas de llorar, o no; porque lo podemos exteriorizar de muchas, muchísimas formas. Y todas pasamos por lutos, por duelos, más o menos obvios, más o menos duros.

Y si no nos permitimos sufrir, si acorralamos el sufrimiento, el sufrimiento acabará por acorralarnos a nosotras.

Fuente: mentesana.es